Cubano del Mariel es deportado a México después de vivir 46 años en Estados Unidos

Julio Borrell llegó a Florida en 1980 durante el éxodo del Mariel. Tenía 26 años. Durante las siguientes cuatro décadas construyó una vida en Estados Unidos, abrió un taller de reparación, formó una familia y acudió regularmente a sus controles migratorios.

Ahora, a los 72 años y después de 46 viviendo en Estados Unidos, fue deportado a México y terminó en Tapachula, Chiapas, a miles de kilómetros de Miami y de sus siete hijos.

Su historia fue reconstruida por The Atlantic dentro de una investigación sobre personas expulsadas desde Estados Unidos hacia México y trasladadas posteriormente hasta el extremo sur del país.

Borrell tiene siete hijos nacidos en Estados Unidos, 11 nietos y un bisnieto.

Una cita rutinaria terminó en detención

Durante años, Borrell acudió a sus citas con las autoridades migratorias sin dejar de presentarse a los controles establecidos.

Eso cambió en diciembre de 2025.

El cubano acudió nuevamente a una cita migratoria, pero esta vez fue detenido por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).

Permaneció aproximadamente cuatro meses bajo custodia en Florida y posteriormente fue trasladado a un centro de procesamiento migratorio en Eloy, Arizona.

Desde allí comenzó el viaje que terminaría alejándolo definitivamente de Estados Unidos.

47 horas en autobús y un destino que desconocía

Borrell fue trasladado hacia México y pasó aproximadamente 47 horas viajando en autobús.

Cuando finalmente terminó en Tapachula, cerca de la frontera con Guatemala, ni siquiera sabía exactamente dónde se encontraba.

Según el relato publicado por The Atlantic, caminó durante casi una hora hasta conseguir un teléfono prestado con el que pudo comunicarse con su hija.

“Estoy en un lugar llamado Tapachula, Chiapas”, le explicó.

El hombre que había pasado prácticamente toda su vida adulta en Florida estaba ahora a unos 3.200 kilómetros de la frontera estadounidense, sin su familia y tratando de sobrevivir en una ciudad que asegura que ni siquiera conocía.

De propietario de un taller en Florida a reparar neumáticos en las calles

Durante sus décadas en Estados Unidos, Borrell trabajó como mecánico y llegó a administrar su propio taller de reparación.

En Tapachula ha tenido que recurrir nuevamente a esos conocimientos para sobrevivir.

Actualmente realiza trabajos reparando neumáticos mientras intenta reunir dinero suficiente para alquilar una habitación.

En las calles de la ciudad mexicana se encontró incluso con otro cubano al que conocía de Miami y que también había sido deportado.

“No voy a morir en Tapachula”, aseguró Borrell al hablar sobre su intención de encontrar una salida a la situación en la que se encuentra.

¿Cómo pudo ser deportado después de 46 años?

El caso de Borrell pone nuevamente sobre la mesa una realidad que afecta especialmente a algunos cubanos llegados a Estados Unidos hace décadas: haber vivido durante muchos años en el país, tener hijos estadounidenses o acudir regularmente a controles migratorios no equivale necesariamente a tener un estatus que impida una deportación.

Los detalles disponibles sobre su expediente no permiten afirmar que Borrell fuera residente permanente legal en el momento de su detención. El hecho de que acudiera periódicamente a controles migratorios indica que su situación continuaba sometida a supervisión de las autoridades.

La existencia de hijos, nietos y bisnietos estadounidenses tampoco elimina automáticamente una orden de deportación.

Su caso adquiere ahora especial importancia porque las autoridades estadounidenses están ejecutando órdenes migratorias que durante años pudieron permanecer sin materializarse, entre ellas las de ciudadanos cubanos cuya devolución directa a la isla resultaba difícil.

Una vida de 46 años interrumpida

Julio Borrell llegó a Estados Unidos formando parte de una de las migraciones que transformaron para siempre a Miami y al exilio cubano.

Tenía 26 años cuando salió de Cuba por el Mariel. Hoy tiene 72.

Entre ambos momentos transcurrieron 46 años de vida en Estados Unidos, siete hijos, 11 nietos, un bisnieto y décadas de trabajo.

Ahora intenta comenzar nuevamente en el sur de México.

Su historia constituye también una advertencia para otros cubanos que llevan décadas en Estados Unidos pero mantienen antiguas órdenes de deportación o situaciones migratorias sin resolver: el tiempo vivido en el país, por prolongado que sea, no garantiza por sí solo que una orden migratoria no pueda terminar ejecutándose décadas después.

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