«No lloren mi pérdida, celebren mi vida»: la despedida de Inés Casal, madre del artista Julio Llópiz-Casal

“No lloren mi pérdida. ¡Celebren mi vida!”. Con esas palabras comienza la carta de despedida que dejó Inés Casal Enríquez, madre del diseñador gráfico, artista visual y activista político cubano Julio Llópiz-Casal, antes de fallecer el pasado 11 de agosto en La Habana tras una larga batalla contra el cáncer.

La misiva es mucho más que un adiós. Casal convirtió sus últimas palabras en un agradecimiento al personal sanitario que la acompañó durante décadas, pero también en una crítica frontal a la propaganda del régimen cubano en torno a la salud pública y a las carencias que enfrentan médicos y pacientes en la Isla.

Su historia con el cáncer comenzó mucho antes de recibir su propio diagnóstico. Alrededor de 1982 acudió al Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología (INOR) buscando orientación después de que su hermana mayor falleciera de cáncer de mama, apenas un año después de haber sido operada.

Durante más de 35 años, Casal permaneció bajo seguimiento médico por una “tendencia nodular” en la mama izquierda. A principios de 2022 recibió finalmente el diagnóstico de cáncer de mama, que resultó ser triple negativo. Fue operada en agosto de ese año y posteriormente atravesó tratamientos de quimioterapia, radioterapia, nuevas intervenciones quirúrgicas y, en la etapa final de la enfermedad, cuidados paliativos.

Sin embargo, dejó claro que no pretendía convertir su despedida en un relato sobre su enfermedad.

“Mi objetivo con este resumen no es un anecdotario personal. Solo pongo el contexto”, escribió antes de explicar que quería dejar constancia de su reconocimiento hacia los médicos y trabajadores sanitarios cubanos que la acompañaron.

Una defensa de los médicos, no del sistema

Casal estableció una diferencia tajante entre la labor de los profesionales de la salud y el discurso oficial que durante décadas ha presentado el sistema sanitario instaurado después de 1959 como uno de los grandes logros de la llamada Revolución.

Rechazó esa narrativa por considerarla cargada de “propaganda y falsedades”, aunque reconoció que existen logros que deben ser valorados.

Para ella, el mérito pertenece fundamentalmente a los profesionales.

“La Medicina Cubana ha sido, desde la instauración de la República, de excelencia”, afirmó, y atribuyó los resultados alcanzados dentro y fuera de Cuba al “talento, la entrega y el sacrificio de cientos de galenos”, especialmente de quienes continúan trabajando en la Isla bajo condiciones extremadamente difíciles.

Su agradecimiento se extendió no solo a médicos, sino también a residentes, técnicos, enfermeros, camilleros y trabajadores de servicios que estuvieron junto a ella durante el proceso.

“A todo el personal médico y de apoyo que me ha acompañado en este duro camino va mi reconocimiento sincero, mi respeto y mi admiración enormes”, escribió.

La relación de Casal con algunos de esos profesionales se remontaba a décadas. En particular recordó a la doctora Inés María Pérez, con quien comenzó a atenderse en 1985 y mantuvo, hasta la jubilación de la especialista alrededor de 2021, una relación que describió como médica y personalmente extraordinaria.

“He tenido que resolver, comprar o recibir de regalo medicamentos”

La carta también retrata una realidad que viven numerosos pacientes cubanos: la necesidad de recurrir a familiares, amigos y vías informales para conseguir medicamentos e insumos que el sistema sanitario estatal no garantiza.

Casal no intentó ocultarlo.

“¿Que he tenido que ‘resolver’, comprar o recibir de regalo de familiares y amigos medicamentos o insumos médicos? Claro que sí”, dejó escrito.

A partir de su propia experiencia cuestionó que el Estado utilice la salud pública como elemento propagandístico mientras los pacientes deben buscar por su cuenta recursos indispensables para sus tratamientos.

También rechazó la habitual definición de la sanidad cubana como “gratuita”, señalando que “gratuito no es nada”, y acusó al Estado de priorizar los recursos destinados a preservar el poder político por encima de las necesidades de la población.

Su despedida terminó convirtiéndose así en una declaración política coherente con las posiciones públicas que había asumido durante los últimos años.

Casal, quien durante casi tres décadas había militado en el Partido Comunista de Cuba, había expresado públicamente su desencanto con el sistema y defendido en numerosas ocasiones a su hijo frente a las campañas de criminalización del oficialismo.

En diciembre de 2020 escribió una carta abierta al entonces viceministro de Cultura Fernando Rojas después de las protestas protagonizadas por artistas e intelectuales vinculados al 27N. En aquella ocasión defendió públicamente a Julio Llópiz-Casal frente a las acusaciones oficiales: “Mi hijo no es terrorista, y tú lo sabes”. (CiberCuba)

Llópiz-Casal ha reconocido públicamente la enorme influencia que tuvo su madre en su formación. En una entrevista recordó que aprendió fundamentalmente de ella a dedicar sus energías a decir aquello que consideraba correcto, independientemente de las consecuencias. (Periodismo de Barrio)

Una última crítica al socialismo

Incluso frente a la muerte, Casal mantuvo el mismo tono con el que durante los últimos años expresó públicamente sus convicciones.

“¡Es eso lo que hace el socialismo! No dejar que tengas libertad para trabajar y ser próspero para poder aspirar a que siempre le agradezcas las migajas que te da”, escribió.

Pero su despedida no estuvo dominada por el resentimiento.

Por encima de la enfermedad, las carencias y las críticas políticas, quiso dejar un mensaje de gratitud. Enumeró a decenas de médicos, residentes, técnicos y enfermeros que formaron parte de sus años de tratamiento, consciente de que muchos otros quedarían fuera de la lista simplemente porque era imposible recordar todos sus nombres.

También respondió de antemano a quienes pudieran insinuar que el trato recibido estuvo relacionado con pagos o privilegios. Para Casal, el cariño y la dedicación que encontró entre los profesionales que la atendieron tenían otra explicación mucho más sencilla: las relaciones humanas construidas desde el respeto.

“Yo he sido una persona bendecida y lo digo sin tapujos. Y es porque una recoge lo que da: yo siempre he dado respeto y cariño a lo largo de mi vida”, escribió.

La última carta de Inés Casal Enríquez deja así dos reconocimientos claramente separados: uno para los profesionales cubanos que, pese a trabajar bajo enormes carencias, continúan intentando salvar y acompañar vidas; y otro, en sentido contrario, para un sistema político al que responsabilizó de convertir la salud en propaganda mientras obliga a los ciudadanos a “resolver” aquello que necesitan para curarse.

Su petición final había quedado escrita desde el principio.

No quería que su muerte fuera recordada únicamente desde el dolor.

“No lloren mi pérdida. ¡Celebren mi vida!”

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