Dormir en las azoteas para sobrevivir al calor: los apagones expulsan a los cubanos de sus propias casas

Dormir en las azoteas para sobrevivir al calor: los apagones expulsan a los cubanos de sus propias casas

Azoteas convertidas en dormitorios colectivos, colchones en portales y personas intentando descansar sobre el Malecón forman parte de una nueva rutina nocturna en La Habana, donde los prolongados apagones y el calor del verano hacen prácticamente imposible dormir dentro de muchas viviendas.

La crisis eléctrica cubana ha llegado a transformar uno de los actos más elementales de la vida cotidiana: dormir.

Cuando cae la noche, algunas familias recogen sábanas, almohadas y lo imprescindible para abandonar temporalmente sus apartamentos y buscar un lugar donde corra algo de aire. Las azoteas de los edificios, los portales, parques y otros espacios abiertos se han convertido en dormitorios improvisados.

Un reportaje de AFP realizado esta semana en La Habana documentó esta realidad y puso rostro a una crisis que habitualmente se expresa únicamente mediante cifras de megavatios.

Una azotea convertida en dormitorio colectivo

Uno de los protagonistas es Alexis Miján, de 59 años, quien cada tarde espera junto a su hijo de 17 años, que es ciego, a que baje el sol para subir a la azotea del edificio donde viven en Centro Habana.

La familia comenzó a utilizar ese espacio cuando los apagones se agravaron. Con el tiempo, otros residentes hicieron lo mismo.

Ahora prácticamente todo el edificio utiliza la azotea para intentar descansar.

Entre depósitos de agua, tuberías y tendederas, las familias han terminado distribuyéndose informalmente pequeñas zonas para pasar la noche.

Miján coloca una sábana y dos almohadas encima de un depósito de agua vacío. Ni siquiera dispone de un colchón allí, pero la alternativa es permanecer dentro de un apartamento recalentado después de horas sin electricidad y, por tanto, sin ventiladores ni aire acondicionado.

Desde la azotea puede observar además otra consecuencia de la crisis: una ciudad prácticamente a oscuras, interrumpida apenas por algunos puntos de luz y por el ruido ocasional de generadores privados.

El Malecón también se convierte en dormitorio

La misma escena se reproduce a nivel de calle.

El Malecón habanero, tradicional espacio de encuentro y paseo de la capital cubana, se está convirtiendo durante determinadas noches en un enorme dormitorio al aire libre.

Personas con sábanas, mochilas o simplemente acostadas directamente sobre el muro y el pavimento buscan aprovechar la brisa procedente del mar.

No se trata únicamente de comodidad.

Después de horas de apagón, una vivienda cerrada acumula el calor del día y puede convertirse durante la madrugada en un espacio difícilmente soportable, especialmente para niños, ancianos y personas enfermas.

Dormir afuera termina siendo para algunos la única alternativa disponible.

Dos tercios del país pueden quedar simultáneamente apagados

Las imágenes coinciden con uno de los momentos más graves de la crisis energética cubana.

Según el parte de la Unión Eléctrica (UNE) correspondiente al sábado 15 de agosto, el Sistema Eléctrico Nacional tendría durante el horario de máxima demanda apenas 1.175 megavatios disponibles frente a una demanda prevista de 3.200 MW.

La empresa estatal estimó una afectación de 2.055 MW durante el horario pico.

Eso equivale aproximadamente al 64 % de la demanda prevista, una dimensión que ayuda a comprender por qué los apagones se extienden durante tantas horas y afectan simultáneamente a una enorme parte del país.

La generación térmica presentaba además 531 MW de limitaciones y varias unidades y centrales permanecían fuera de servicio por averías, mantenimiento o falta de combustible.

Los parques solares aportan electricidad durante las horas de sol, pero su contribución desaparece precisamente durante buena parte del horario nocturno, cuando las familias necesitan iluminación y ventilación para intentar descansar.

Cuando la casa deja de ser refugio

La consecuencia humana va mucho más allá de estar unas horas sin electricidad.

Los apagones alteran la conservación de los alimentos, dificultan el bombeo y almacenamiento de agua, impiden cargar teléfonos y otros dispositivos y afectan el descanso necesario para estudiar o trabajar al día siguiente.

Ahora la crisis ha producido otra imagen difícil de ignorar: familias que tienen una vivienda pero no pueden permanecer dentro de ella durante la noche.

En la azotea donde duerme Miján, las alarmas de los teléfonos que todavía conservan batería comienzan a sonar al amanecer. Los vecinos recogen entonces sus improvisadas camas y regresan a sus apartamentos o se preparan para ir a trabajar.

Horas después, cuando vuelva a caer el sol y continúe el apagón, el proceso comenzará nuevamente.

“No le veo fin a esto”, resumió Miján antes de recoger sus pertenencias.

En Cuba, la crisis eléctrica ya no significa solamente vivir a oscuras.

Para una parte de la población significa también tener que salir de su propia casa para poder dormir.

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