Díaz-Canel anuncia un giro económico sin precedentes, pero la falta de confianza vuelve a ensombrecer el futuro de Cuba

Miguel Díaz-Canel sorprendió este viernes al anunciar un amplio paquete de reformas económicas que, sobre el papel, representan uno de los intentos más ambiciosos de flexibilización económica realizados por el régimen cubano en décadas. Bajo el argumento de que “son tiempos en que hay que cambiar”, el gobernante reconoció implícitamente la gravedad de la crisis que atraviesa el país y presentó medidas orientadas a descentralizar la gestión económica, otorgar más autonomía a municipios y empresas, facilitar inversiones y reducir parte de la burocracia estatal.

El anuncio llega en un momento crítico. Cuba enfrenta una profunda escasez de combustible, apagones de hasta 20 horas diarias en numerosas provincias, desabastecimiento de alimentos y medicinas, una caída sostenida de la producción nacional y una falta crónica de divisas que ha llevado al país a una situación límite.

Entre las medidas anunciadas figuran una mayor autonomía para los gobiernos municipales, facilidades para la inversión de cubanos residentes en el exterior, flexibilización de mecanismos de comercio exterior, reducción de estructuras administrativas estatales y un rediseño de los subsidios públicos. Algunas de estas propuestas recuerdan reformas aplicadas en economías socialistas como China o Vietnam para estimular la actividad económica sin abandonar el control político.

Sin embargo, el anuncio ha sido recibido con una mezcla de expectativa y profundo escepticismo tanto dentro de la Isla como entre los cubanos en el exilio.

El problema no son las medidas, sino quién las anuncia

Diversos economistas coinciden en que varias de las reformas anunciadas tienen sentido desde el punto de vista económico. La descentralización, la reducción de trabas burocráticas y la apertura a nuevas inversiones podrían contribuir a dinamizar sectores productivos asfixiados durante años por el exceso de control estatal.

Pero el principal obstáculo para el éxito de estas medidas no parece ser económico, sino político.

Durante décadas, el Partido Comunista ha construido una larga historia de aperturas limitadas seguidas de retrocesos. Cada vez que determinados sectores privados han comenzado a crecer o a acumular cierto grado de independencia económica, el régimen ha respondido con nuevas restricciones, impuestos, controles o prohibiciones.

Muchos cubanos recuerdan que pequeños empresarios, agricultores, cooperativistas y trabajadores por cuenta propia han visto modificadas las reglas del juego una y otra vez. Esa experiencia ha generado una profunda desconfianza que hoy pesa más que cualquier anuncio oficial.

La pregunta que se hacen numerosos emprendedores no es si podrán invertir mañana, sino si podrán seguir operando dentro de cinco años bajo las mismas condiciones.

Sin confianza no hay inversión

La inversión no depende únicamente de permisos o incentivos económicos. También requiere seguridad jurídica.

Ningún empresario serio arriesga capital cuando existe la posibilidad de que una decisión política cambie repentinamente las reglas establecidas. Los inversionistas buscan garantías sobre la protección de la propiedad privada, el cumplimiento de contratos, la independencia de los tribunales y la estabilidad normativa.

Precisamente esos elementos son los que muchos observadores consideran ausentes en el sistema cubano actual.

La incertidumbre es aún mayor entre los cubanos que viven en el exterior. Aunque el régimen ha manifestado en varias ocasiones su interés en captar recursos de la emigración, una parte importante del exilio sigue viendo con recelo cualquier invitación a invertir en un país donde el Estado conserva amplios poderes discrecionales sobre la economía.

Muchos se preguntan qué ocurriría si un negocio prospera, si una inversión se vuelve estratégica o si un cambio político dentro de la propia estructura de poder altera nuevamente las reglas.

La economía no puede separarse de la política

El discurso oficial insiste en presentar estas reformas como un proceso estrictamente económico. Sin embargo, la realidad demuestra que la confianza económica y la confianza política suelen estar estrechamente relacionadas.

Mientras las decisiones fundamentales continúen concentradas en una estructura política cerrada, sin contrapesos institucionales ni mecanismos independientes de supervisión, muchos potenciales inversionistas seguirán percibiendo riesgos elevados.

Los cambios económicos pueden aliviar temporalmente algunos problemas, pero difícilmente generarán un flujo masivo de inversiones nacionales o extranjeras si no vienen acompañados de transformaciones políticas que garanticen estabilidad, transparencia y respeto a los derechos de propiedad.

El verdadero desafío

La historia reciente demuestra que Cuba no sufre únicamente una crisis de producción, energía o financiamiento. También enfrenta una profunda crisis de credibilidad.

El anuncio de Díaz-Canel representa un reconocimiento implícito de que el modelo económico actual ha llegado a un punto crítico. Sin embargo, el desafío no será convencer a los cubanos de que las reformas son necesarias. La mayoría lo sabe desde hace años.

El verdadero reto será convencerlos de que esta vez las reglas no volverán a cambiar cuando alguien empiece a prosperar.

Mientras esa duda siga presente, muchos cubanos y empresarios extranjeros seguirán observando los anuncios desde la distancia. Porque en economía, como en política, la confianza no se decreta. Se construye con hechos, estabilidad y garantías que perduren en el tiempo. Y precisamente ahí es donde el régimen cubano enfrenta su mayor déficit.

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