
“Me salvaron después de casi matarme”: la historia del parto de Amelia Calzadilla y el colapso del sistema de salud en Cuba
En 2019, la activista cubana Amelia Calzadilla vivió en carne propia una de las tantas negligencias que expone la fragilidad y deshumanización del sistema de salud en Cuba. Su relato, compartido recientemente en su perfil de Facebook, no solo conmueve: también revela cómo las decisiones médicas mal fundamentadas y la falta de recursos pueden poner en peligro la vida de una mujer y dejar secuelas físicas y emocionales que persisten con los años.
Amelia fue obligada a parir por vía vaginal a un bebé que pesaba casi 11 libras (aproximadamente 5 kilogramos), un tamaño claramente fuera del rango que se considera seguro para un parto fisiológico. No hubo una indicación oportuna de cesárea, a pesar de que las señales eran evidentes. Ni siquiera la ropa de recién nacido que le habían preparado le quedó a su hijo: todo, desde los pañales hasta las medias, le apretaba. Tuvieron que traerle ropa de un bebé de tres meses para vestirlo.
Durante su estancia en el hospital, el bebé se ganó el apodo de “el padre del cunero”, dada su apariencia y tamaño. Pero la anécdota que pudo haber sido solo curiosa se convirtió en un drama médico: diez días después del parto, Amelia sufrió una hemorragia severa, consecuencia directa del esfuerzo al que fue sometido su cuerpo al intentar dar a luz de manera natural a un bebé de tal peso.
La respuesta institucional fue el silencio. Nadie le ofreció una explicación clara. Nadie asumió responsabilidad. La hemorragia terminó con una intervención de urgencia en la que le cauterizaron las arterias cervicales a sangre fría, un procedimiento doloroso que, según relata, le salvó la vida, pero que no debió ser necesario si el diagnóstico fetal hubiera sido correcto.
Su madre, desesperada al enterarse de que su hija estaba reportada con “peligro para la vida” mientras tenía tres niños pequeños esperándola en casa —una de 5 años, otra de 2, y el recién nacido— protestó con vehemencia en el hospital. En lugar de recibir empatía, fue reprendida por alzar la voz, como si no tuviera derecho a exigir explicaciones por la vida de su hija.
Este caso no es aislado. Es reflejo de una crisis sanitaria estructural. La falta de equipos para hacer un cálculo fetal adecuado, la escasez de personal capacitado, la soberbia institucional, y una cultura que normaliza el “te salvamos después de haberte puesto en riesgo” como si fuera un logro, son algunas de las muchas caras de un sistema colapsado.
En Cuba, parir puede convertirse en una ruleta rusa. Una ecografía mal hecha, un diagnóstico tardío, la ausencia de un medicamento, una decisión errada tomada sin consultar ni explicar, puede costar la vida. Y como señala Amelia, lo más preocupante es que nadie está exento de terminar dependiendo de un hospital en cualquier momento.
Su testimonio sirve como denuncia y como advertencia. Porque mientras el discurso oficial sigue repitiendo que Cuba tiene uno de los mejores sistemas de salud del mundo, la realidad —esa que se vive en las salas de parto, en las urgencias sin recursos, en los pasillos sin médicos— demuestra lo contrario.
Y como bien dijo ella: “nunca sabes cuándo vas a depender de un hospital, y una prueba médica, un medicamento a tiempo, un examen de laboratorio puede ser el punto de inflexión entre la vida y la muerte”.







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