José «Pepe» Cohen, excapitán de la Dirección General de Inteligencia de Cuba formado en criptología, relató en una entrevista con el podcast The Havana Files cómo pasó de dar «la vida por Fidel» a trabajar en secreto para la CIA entre 1987 y 1994, antes de escapar de Cuba en una balsa. «De hecho, estoy condenado a muerte en Cuba», afirmó.
La conversación, conducida por Gelet Martínez Fragela en el episodio 13 del programa, una producción de la Fundación para los Derechos Humanos en Cuba, se publicó el 22 de octubre y parte del caso de Manuel Rocha, el exembajador estadounidense condenado en 2024 a 15 años de prisión por trabajar en secreto para la inteligencia cubana. Cohen fue uno de los seis exoficiales que firmaron entonces una carta abierta en la que advertían de que Rocha era «solamente la punta del iceberg».
Cohen explicó que estudió matemáticas con aplicación en criptología y trabajó en la oncena dirección del MININT, dedicada a descifrar mensajes, antes de pasar al departamento de espionaje industrial, donde atendía el área de microelectrónica. Contó que el régimen cubano recibía información de agentes dentro de compañías estadounidenses como AMD, y que el material cruzaba a México en automóvil y seguía a La Habana por valija diplomática.
El exoficial dijo que su ruptura comenzó al contrastar los privilegios de la élite con la vida del resto de los cubanos y al acceder sin censura a información del exterior. «Me di cuenta que era como una mafia. Y yo dije, yo no quiero ser parte de esa mafia», relató. Contó que llegó a crear una red de oficiales que pensaban como él dentro del propio servicio de inteligencia.
Según su relato, el contacto con la CIA llegó a través de dos de los agentes más importantes del espionaje industrial, un científico de origen argentino y su esposa colombiana radicados en Estados Unidos, a quienes convenció durante una conversación dentro del mar, en la playa de Santa María, para alejarse de posibles micrófonos. «Ustedes pueden optar por traicionarme, pero no me están traicionando a mí, se están traicionando ustedes mismos», recordó haberles dicho. La pareja viajó después a la sede de la CIA en Langley con su información.
Cohen afirmó que entregó miles de páginas copiadas de computadoras de la inteligencia cubana, incluidas las «cartas de traslado» con información tecnológica destinada a la Unión Soviética, y las claves del departamento M15 usadas en las comunicaciones con la agentura en Estados Unidos. A partir de ese material, explicó, la Agencia de Seguridad Nacional descifró mensajes que, según el programa, llevaron a investigar a más de 100 presuntos agentes cubanos y contribuyeron a la identificación de la espía Ana Belén Montes y al desmantelamiento de la Red Avispa, aunque precisó que nunca conoció a Montes ni a esa agentura.
Sobre el éxodo de 1994, aseguró que la contrainteligencia recorrió casas de colaboradores ofreciéndoles «luz verde» para emigrar con protección, personas que hoy viven en Estados Unidos y a las que el régimen puede chantajear con el reencuentro familiar. Él mismo salió en agosto de ese año en una balsa: «Los balseros los devuelven. Pero si a mí me cogen en la balsa, me matan».
El exoficial describió al régimen cubano como «Pablo Escobar con inmunidad» y sostuvo que su peligro no es tecnológico, sino su papel de «trampolín al servicio de todos los enemigos poderosos de Estados Unidos», al vender o canjear con aliados la información robada. Afirmó también que detrás del Instituto de Biotecnología estaba la obsesión de hacer armas biológicas y que el régimen cubano vendió a Irán la tecnología de su vacuna contra el covid.
A pesar de todo, se mostró optimista sobre el futuro: dijo creer que «antes de que se acabe esta administración vamos a ver una Cuba libre», aludiendo a declaraciones que atribuyó al secretario de Estado Marco Rubio sobre un proceso «irreversible» hacia la democracia, y advirtió de que una transición podría contemplar variantes que, según sus palabras, disgustarán a una parte del exilio.
Los archivos de la inteligencia, señaló, se conservan en microfichas en lugares específicos y solo peligrarían si el régimen tuviera tiempo de destruirlos: «Si no le da tiempo a quemarla, esa información está ahí. Ahí se van a saber cosas que nadie se imagina».







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