
Entre las personas que se concentraron el 1 de octubre a las afueras del Tribunal Municipal Popular de La Habana del Este, en Cojímar, durante el juicio contra Anna Bensi y su madre, Caridad Silvente, había dos profesores jubilados que no tenían ningún cargo ni micrófono: solo la decisión de estar allí. Son el profesor Pedro Albert Sánchez, «el profe Pedro», y su esposa, la profesora Ana Elvis Amaya Leiva. Ambos le han contado a ClickCuba lo que vivieron.
Pedro Albert Sánchez es una figura reconocida del activismo cívico en Cuba. Fue condenado a cinco años de prisión por su participación en las protestas del 11 de julio de 2021 y Amnistía Internacional lo declaró preso de conciencia. Padece cáncer. Cuando el régimen le concedió la libertad condicional, se negó a firmar la notificación: «Sería aceptar que cometí delito, y eso no ocurrió».
Anna Bensi, de 22 años, y su madre fueron sancionadas ese día a dos años de limitación de libertad cada una. Afuera, mientras se desarrollaba el juicio, se reunió un grupo de cristianos de varias iglesias, creyentes de otras confesiones y personas que se declaran ateas. Ese mismo día fue arrestado en plena calle el pastor Rolando Pérez Lora, que iba a acompañarlas.
«Siento ante todo una alta responsabilidad como educador»
Pedro Albert explica que su presencia en Cojímar responde a lo mismo que lo llevó a la estación de policía cuando Anna estuvo retenida todo un día en un interrogatorio que se extendió doce horas. «Siento ante todo una alta responsabilidad como educador y una humilde complacencia como cristiano», dice.
Aclara que no fue contra nadie en concreto: «Fui a Cojímar, al igual que todos los cristianos que allí estábamos, a decir con nuestra presencia que tenemos derecho a expresarnos y cumplir con el mandato bíblico de que donde nos reunamos dos o más en su nombre ahí estará él entre nosotros». Y responde a quienes sostienen que un cristiano no debe meterse en política: «¿Cómo cumplir entonces con el mandato bíblico de que la fe sin obras está muerta?».
Según su relato, él y Ana Elvis llegaron sin contratiempos. Ya en el lugar, ella le dijo: «Siento orgullo de poder estar aquí». Él le contestó: «Yo lo que siento es alivio». Explica que lo dijo desde el fondo del alma, porque dos noches antes, hablando con un ser querido de sus sentimientos por los presos políticos, había roto a llorar como hacía tiempo no lloraba por ellos.
«Ayer allí en Cojímar me sentí lejos de cualquier prejuicio, apartado de los likes, de las críticas. Me sentí en la realidad, como si hubiese estado en un templo o en un aula. Sentí el alma de maestro y el alma de cristiano latiéndome a plenitud en el pecho. Fui enormemente feliz», relata.
Una madre y una hija
De la escena frente al tribunal, el profe Pedro cuenta que abrazó a Caridad, la madre de Anna, «con esa pasión, como el que toca una estrella con sus manos». Recuerda que Anna se bajó del carro muy alterada por lo ocurrido con el arresto del pastor, «el pregonero de Cristo», y que al salir del tribunal estaba «mucho más serena y muy firme».
Ana Elvis veía a Anna por primera vez en persona. «Decía: ay, pero si es una niña, puede ser mi hija o mi nieta», cuenta Pedro. Ella misma lo explica así: «Anna Bensi tiene 22 años y mi hijo tiene 29; quiere decir que ella puede ser fácilmente mi hija. Y yo me miro en la posición de su madre».
«Esos muchachos le están dando un vuelco al signo»
Pedro Albert destaca algo que le llamó la atención de los jóvenes que estaban allí: «No están lastimados como está la generación de nosotros. No tienen sembrada, metida en vena, esa guerra de Angola, de África, el imperialismo, los mítines relámpago». Mientras muchos adultos, dice, gastan energías «en la querella cotidiana, desde la tienda a la parada hasta las redes sociales», esos muchachos «están dedicados a las cosas nuevas, al camino de Cristo, a las cosas actuales».
De ahí su conclusión: «Ya Cuba no está totalmente en las manos grimosas del pasado; está más en las manos de esos jóvenes que se atreven a cosas nuevas, diferentes y actuales. Ya el carro arrancó, y aunque no monte en él, y mucho menos lo maneje, siento el orgullo y el alivio de haberlo empujado. Ya puedo morir tranquilo».
Dice sentirse a veces «atrapado entre dos fuegos» y se describe como un pacificador, que «siempre está en el punto medio entre las partes beligerantes y recibe la crítica de ambas». Lamenta que muchos activistas se desconecten porque de quienes más debían recibir gratitud reciben a menudo crítica y reproche. «Veo nuevos horizontes. No podemos fajarnos contra el pasado; tenemos que conquistar el presente».
Una convocatoria: reunir a quienes disienten
El profesor plantea que lo vivido en Cojímar debe convertirse en una coalición. «Allí había varias iglesias representadas, creyentes de otras creencias y personas totalmente ateas. Unos estábamos porque nos sentimos en el camino de Dios y otros porque sentían que estaban defendiendo las mejores virtudes de los hombres».
Y lanza una propuesta: «Yo convoco a una campaña por la reunión de las personas que disentimos dentro y fuera de Cuba. Una campaña urgente: reunirnos nosotros, para que no sea el nietecito del general el que nos represente, porque no hemos sido capaces de unirnos lo suficiente». Pide «ayuda real, apoyo real, hechos reales» para los jóvenes y añade: «Estoy dispuesto a volver a una prisión, estoy dispuesto a correr los riesgos que sean necesarios».
«Tengo una deuda con el pueblo cubano»
Ana Elvis Amaya Leiva, profesora de muchos años, cuenta que fue a Cojímar por tres motivos. El primero, una deuda personal: «Tengo una deuda con el pueblo cubano al ser profesora de muchos años y no entender, mientras estaba bailando conga y disfrutando y tomando cerveza, lo que estaban pasando cientos y miles y millones de cubanos». Recuerda que militó en la juventud y en el partido, y dice que durante años estuvo «con los ojos muy vendados». «Esa deuda la tengo con este pueblo», afirma. «Tengo que saldarla al costo que sea necesario».
El segundo, el orgullo de haber estado, y el tercero, la justicia: «En Cuba debe existir justicia, acompañada de la libertad de este pueblo secuestrado por una mafia organizada llamada PCC». Sobre las palabras de Anna Bensi acerca del «sistema político», sostiene: «Aquí no hay sistema político, aquí no existen políticos. Aquí existe una mafia organizada que ha secuestrado este país».
Lo que más lamentó es que no fueran más. «Sentí tremendo orgullo porque vi muchas personas, y quisiera que fuéramos más, que el pueblo se sumara más», dijo.
A los jóvenes, y a los de su generación
A los jóvenes cubanos les dirige un mensaje: «Hay que luchar por tu dignidad, por tu valor, por tu honor, para ti, para los tuyos, para tu pueblo. No se debe ser egoísta». Se lo dice también a Anna Bensi, a los muchachos de Fuera de la Caja, un grupo de jóvenes que hacen videos contra la dictadura, y a los que están presos: aunque no son los culpables de lo que se vive, porque no lo construyeron, «son la parte joven que puede levantarse y unirse para ver si la Cuba que se quiere llega».
Pero reconoce que pedirles más le cuesta: «Yo le pedí a la totalidad que se fue del país, a muchos estudiantes que fueron míos, el sacrificio por la Revolución. Entonces me da pena pedírselo a los jóvenes». Por eso su llamado va primero a los de su edad: «Somos los que tenemos 50, los que tenemos 60, los que tenemos que levantarnos, porque nosotros tenemos la conciencia de que fuimos parte de tenerlos a ellos ahí».
Pedro Albert cierra con una frase: «Que la gloria de Dios sea sobre el sufrido pueblo de Cuba». Y pide que se escuche a más gente: cree que deberían entrevistarse cuantas personas hayan estado allí.







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