
Sin agua para lavarse las manos: los apagones agravan la crisis sanitaria en La Habana
Una enfermera describe la falta de agua en la clínica donde trabaja y vecinos relatan episodios de diarrea en sus hogares. La escasez de abastecimiento afecta a unos 3,5 millones de personas en Cuba, según Naciones Unidas.
La falta de agua en La Habana está comprometiendo tareas tan básicas como lavarse las manos entre pacientes, limpiar una vivienda o conservar los alimentos. Mientras los apagones interrumpen el bombeo y dejan a familias durante semanas sin suministro, los testimonios de una enfermera y de residentes de la capital muestran cómo el deterioro de los servicios alcanza la vida cotidiana y la atención sanitaria.
Maria Elena Parlado, una enfermera que trabaja en una clínica de un barrio habanero, aseguró que el centro también carece de agua. Su descripción resume una de las consecuencias más graves de la crisis: «Entre un paciente y otro debería lavarme las manos, pero a veces no puedo».
El testimonio forma parte de un reportaje de Reuters publicado el 30 de septiembre, que recoge las dificultades de vecinos para mantener la higiene en medio de los cortes de electricidad, la acumulación de basura y las aguas residuales. La enfermera describe la situación de la clínica donde trabaja, no un balance de todos los centros sanitarios de la capital.
Dos meses sin agua en un edificio de La Habana Vieja
Yuamilka Hechavarria, una trabajadora sanitaria que vive en La Habana Vieja, contó que su edificio llevaba dos meses sin recibir agua cuando el suministro regresó de madrugada. En plena oscuridad por un apagón, se levantó para llenar un recipiente antes de que el grifo volviera a secarse.
Durante semanas había tenido que comprar agua a vendedores callejeros o buscarla en tuberías rotas. Según su relato, las diarreas se habían extendido entre los residentes del inmueble, donde viven unas treinta familias. Ella misma se recuperaba de un episodio de fiebre y diarrea.
«No hay nadie en este edificio que no se haya enfermado», afirmó. Se trata de su testimonio sobre los vecinos del inmueble, no de una cifra oficial de contagios.
Las dificultades no terminan al conseguir agua. Una subida de tensión dañó su refrigerador y la dejó sin un medio para conservar alimentos. Para aprovechar lo poco disponible, reutiliza el agua de lavar los platos para limpiar el suelo o descargar el inodoro.
Su esposo transporta dos barriles en un carro improvisado hasta una tubería junto a una escuela. Allí, el acceso al agua depende de que haya electricidad para encender la bomba. Andrés Jiménez, un vecino jubilado de 76 años, llegó una mañana justo cuando se fue la corriente: apenas quedaba un hilo de agua.
Un problema que afecta a millones
La dimensión nacional de la crisis está recogida en el monitoreo de agosto de la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), publicado el 24 de septiembre. El documento estima que unos 3,5 millones de personas están afectadas por las dificultades de acceso al agua, frente a los 2,1 millones reportados en abril. Aproximadamente la mitad vive en La Habana.
La cifra mide personas afectadas por la escasez de agua, no personas enfermas.
OCHA señala que las fallas eléctricas han detenido repetidamente las estaciones de bombeo de la capital. La falta de diésel también limita el reparto mediante camiones cisterna, del que dependen más de 1,5 millones de personas en el país. En algunas comunidades de Holguín, los ciclos de distribución llegan a extenderse hasta casi tres meses.
Cerca del 90 % de la infraestructura hidráulica habanera depende de bombas eléctricas, según el dato del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos recogido por Reuters. Esa dependencia hace que la interrupción de la corriente también corte una de las principales vías de abastecimiento de agua.
La higiene queda atrapada entre dos servicios que fallan
Los testimonios se conocen en un contexto de avisos sanitarios por enfermedades diarreicas y hepatitis viral. No permiten establecer cuántos casos hay en La Habana ni atribuir cada episodio a una causa concreta, pero muestran las dificultades para mantener condiciones básicas de higiene cuando fallan a la vez el agua y la electricidad.
El informe de OCHA añade que la escasez afecta el riego, la producción agrícola y la capacidad de las familias para cocinar y conservar alimentos. La crisis del abastecimiento trasciende así la búsqueda de un cubo de agua: alcanza la alimentación, la limpieza de los hogares y la atención a los pacientes.
En la clínica que describe Parlado, esa cadena de fallas tiene una consecuencia inmediata. La enfermera sabe que debe lavarse las manos entre una consulta y otra, pero no siempre dispone del agua necesaria para hacerlo.







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