
Negociar para ganar tiempo: la estrategia del régimen cubano ante Trump
Las recientes declaraciones de Marco Rubio en Nueva York dejan abierta una posibilidad: Estados Unidos estaría dispuesto a trabajar con figuras del régimen cubano que acepten conducir al país hacia la libertad política y económica, siempre que no tengan las manos manchadas de sangre.
El secretario de Estado también ha reconocido que Washington prefiere una salida negociada, sin recurrir a la fuerza militar. Es una posición comprensible. Nadie sensato desea que la transformación de Cuba implique violencia, sufrimiento o nuevas víctimas.
El problema no está en la voluntad negociadora de Estados Unidos. Está en creer que quienes han gobernado Cuba durante más de seis décadas aceptarían entregar pacíficamente el poder, desmontar el aparato represivo y someterse a unas elecciones libres que podrían llevarlos ante la justicia.
Rubio fue prudente y, al mismo tiempo, realista: dijo tener esperanza, pero no confianza. Esa diferencia resulta esencial.
La cúpula cubana puede negociar reformas económicas, liberaciones parciales de presos políticos, concesiones migratorias y determinadas aperturas. También puede ofrecer nuevos interlocutores y sustituir algunos nombres para aparentar una renovación. Lo que nunca ha demostrado estar dispuesta a negociar es el monopolio político del Partido Comunista.
Así lo dejó claro Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como “El Cangrejo” y nieto de Raúl Castro. En declaraciones divulgadas meses atrás, aseguró que podían impulsar un modelo económico más abierto y con mayor participación del capital privado, pero que no consideraban necesario ni estaban dispuestos a transformar el sistema político cubano.
Esa afirmación revela el verdadero límite de cualquier conversación. La élite pretende negociar la economía para conservar el poder político. Quiere capital privado, inversiones y alivio de las presiones internacionales, pero sin pluralismo, elecciones libres, prensa independiente ni separación de poderes.
No se trata de conducir a Cuba hacia una democracia, sino de modernizar la dictadura para garantizar su supervivencia.
El tiempo también forma parte de la negociación
El régimen cubano ha utilizado históricamente el diálogo como una herramienta para ganar tiempo. Negocia cuando atraviesa una crisis, hace concesiones calculadas, obtiene oxígeno económico o diplomático y después paraliza, incumple o revierte los acuerdos.
Esa experiencia obliga a mirar con cautela cualquier nuevo acercamiento.
La cúpula sabe que el mandato de Donald Trump tiene fecha de vencimiento. Su objetivo podría ser alargar las conversaciones, ofrecer gestos parciales y evitar decisiones irreversibles hasta enero de 2029, con la esperanza de que una futura Administración estadounidense reduzca la presión.
Mientras tanto, el régimen conservaría intactos sus instrumentos esenciales: el Partido Comunista, el Ministerio del Interior, las Fuerzas Armadas, la Seguridad del Estado, el control de los tribunales y el conglomerado empresarial militar GAESA.
Por eso no basta con promesas, reuniones secretas o declaraciones de buena voluntad. Una verdadera transición tendría que comenzar con hechos verificables: liberación incondicional de todos los presos políticos, derogación de las leyes represivas, legalización de partidos y organizaciones independientes, libertad de prensa, garantías para el retorno de los exiliados y un calendario vinculante de elecciones libres con observación internacional.
Sin esas condiciones, no existiría una transición, sino una operación de supervivencia del castrismo.
No puede decidir otra vez la familia Castro
También resulta inaceptable que el futuro de Cuba vuelva a negociarse únicamente entre Washington y miembros de la familia que ha gobernado la isla durante décadas.
Raúl Guillermo Rodríguez Castro no ha sido elegido por los cubanos. No representa a las víctimas de la represión, a los presos políticos, a la oposición democrática ni a la sociedad civil independiente. Su protagonismo procede de su apellido y de su cercanía con el núcleo militar que controla el país.
Que una figura de la dinastía Castro se presente como posible arquitecto del futuro cubano demuestra precisamente el peligro: cambiar algunos métodos para que permanezcan los mismos grupos de poder.
Marco Rubio tiene razón cuando diferencia entre esperanza y confianza. La esperanza de una salida pacífica debe mantenerse porque evitaría sufrimientos innecesarios. Pero la confianza solo puede construirse mediante acciones irreversibles.
El régimen cubano no abandonará voluntariamente el poder por una promesa, una conversación o un acuerdo económico. Si negocia, lo hará intentando conservar el control, proteger a sus responsables y esperar que termine el mandato de Trump.
Washington puede conversar, pero no debería confundir diálogo con transición. La libertad de Cuba no puede depender de la palabra de quienes llevan más de seis décadas negándola.







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