La música como trinchera: por qué la memoria nos impide cantar con Silvio

Escuchar a Silvio Rodríguez ha sido, para generaciones de cubanos, un ejercicio de dualidad casi esquizofrénica. Es innegable que su genialidad poética y musical logró colarse en la banda sonora de nuestras vidas, en los patios de las escuelas, en los primeros amores y en la nostalgia del exilio.

Sin embargo, llega un punto en la historia de un país —y en la madurez de sus ciudadanos— donde la estética ya no puede pasar por encima de la ética. Para cualquier cubano que se respete, que conserve intacta su memoria histórica y que sienta un verdadero sentido de pertenencia con el dolor de su pueblo, seguir visibilizando y aplaudiendo a Silvio Rodríguez es una contradicción insostenible.

El argumento de que «hay que separar al artista de su obra» se desmorona cuando el propio artista decide, voluntariamente, convertir su obra en el escudo cultural de una dictadura. Silvio no ha sido un creador ingenuo atrapado en un sistema; ha sido un militante consciente, un soldado de la palabra y un cómplice institucional.

Canciones como «Canción del elegido» o «El necio» no son simples poemas; son himnos de adoctrinamiento diseñados para dar un barniz místico y romántico a un proceso que, en la realidad, se tradujo en paredones de fusilamiento, presidio político, censura y la destrucción sistemática de nuestra nación.

La memoria histórica nos exige coherencia. No podemos llorar a los miles de cubanos que han muerto en el Estrecho de la Florida huyendo de la miseria, ni podemos exigir la libertad de los cientos de presos políticos que hoy se pudren en las cárceles de la isla por el simple hecho de pedir libertad, y al mismo tiempo corear las canciones de un hombre que pasó quince años sentado como diputado en la Asamblea Nacional del Poder Popular, validando con su presencia el teatro del partido único.

Incluso hoy, cuando el colapso de Cuba es absoluto y el hambre y los apagones devoran el día a día de nuestra gente, la postura de Silvio Rodríguez sigue siendo la de la justificación. Mientras el pueblo padece, él recurre en medios internacionales a la vieja y gastada retórica del enemigo externo, culpando exclusivamente al embargo de los Estados Unidos y eximiendo de culpa a la cúpula mafiosa que gobierna el país.

Sus críticas aparentes no son más que un «reformismo cosmético». Silvio quiere cambiar las cosas para que nada cambie; propone mejoras siempre dentro del marco del socialismo, despreciando públicamente a la disidencia y a los movimientos civiles independientes que exigen una democracia real.

El colmo de esta sumisión ideológica quedó sellado de forma grotesca cuando el cantautor afirmó en sus plataformas que, ante cualquier amenaza al régimen, él pediría un fusil soviético AKM para combatir. La respuesta del aparato estatal no se hizo esperar: el propio Miguel Díaz-Canel le entregó el arma en un acto oficial. Esa imagen del poeta sosteniendo un fusil de asalto no es una metáfora; es la evidencia física de su lealtad armada a un sistema opresor.

Tener sentido de pertenencia con Cuba significa ponerse del lado de las víctimas, no de los cantores del victimario. Cada vez que reproducimos sus temas, que compramos sus discos o que justificamos su legado en redes sociales, estamos ayudando a limpiar la cara de la tiranía que él defiende.

La dignidad ciudadana nos pide un sacrificio estético: silenciar la trova del poder para empezar a escuchar, de una vez por todas, el grito de libertad de todo un pueblo.

Dejar atrás a Silvio Rodríguez no es borrar el pasado; es empezar a sanarlo.

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