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Martha Duarte, el violín cubano que nunca dejó de buscar nuevos caminos

Martha Duarte, el violín cubano que nunca dejó de buscar nuevos caminos

La muerte de Martha Duarte Mustelier deja un silencio difícil de llenar en la música cubana. Violinista, cantante, compositora, arreglista y directora, Martha fue una de esas artistas que parecían incapaces de quedarse quietas dentro de un solo género. Su violín transitó de la música clásica al son, del jazz a la canción, del rock a la música popular cubana, siempre con una personalidad propia y una extraordinaria libertad creativa.


Nacida en La Habana, cursó sus estudios musicales en la capital cubana y obtuvo la Licenciatura en Música, especialidad de Violín, en el Instituto Superior de Arte (ISA). Fue, según la biografía publicada sobre su trayectoria, la primera mujer en la historia de la Academia Cubana de Violín en graduarse en este instrumento.

Su formación clásica no la encerró nunca en el repertorio académico. Durante sus años en Cuba fue primer violín de la Orquesta del Gran Teatro de la Ópera y el Ballet de La Habana y colaboró con figuras esenciales de la música cubana, entre ellas Pablo Milanés, Silvio Rodríguez y Frank Fernández, participando en grabaciones para EGREM. También actuó como solista con el Conjunto Folklórico Nacional de Cuba.
Pero quizá lo más característico de Martha fuera precisamente su inconformismo. En 1985 se incorporó como violinista y cantante al grupo de rock Arte Vivo, con el que recorrió Cuba y realizó actuaciones internacionales. Cinco años después fundó Vidrio y Corte, una formación en la que comenzó a explorar la fusión del jazz y la canción con elementos del rock y el funk.


Y en octubre de 1993 llegó uno de los capítulos fundamentales de su carrera: la creación de Martha Duarte y Sarabanda. La agrupación se convirtió en el vehículo de una concepción musical en la que los ritmos cubanos convivían con sonoridades contemporáneas. Martha dirigía, componía, arreglaba y, naturalmente, hacía hablar a su violín. Sarabanda fue también una plataforma para jóvenes músicos de gran talento y una de las expresiones más personales de aquella Cuba musical de los años noventa.
Con Sarabanda participó en el llamado Son más Largo del Mundo, inscrito en el Guinness de los Récords en 1997, y ese mismo año la agrupación fue presentada como orquesta revelación en el programa televisivo Mi Salsa buscando al Sonero, donde recibió el reconocimiento del jurado y un homenaje.
En 2001 publicó Mulata de Espalda, probablemente el trabajo discográfico que mejor resume aquella búsqueda. El álbum, realizado con Sarabanda, reúne canciones y sonoridades que escapan de las etiquetas y muestran a una artista interesada tanto por la tradición como por la experimentación. El disco incluye, entre otros temas, «Sarabanda», «Cuando se canta bonito», «Sola», «Lunas rotas» y «Mulata de espalda».
Uno de los ejemplos más reveladores de su manera de entender la música fue Preludio y fuga con tumbao, una pieza en la que tomó como punto de partida el lenguaje clásico de Fritz Kreisler para llevarlo hacia el jazz afrocubano. El resultado, descrito en una selección del Centro de Investigación y Desarrollo de la Música Cubana, convierte la polifonía contrapuntística en materia para el diálogo con el montuno y el chachachá. Es difícil encontrar una imagen mejor de lo que fue Martha: una música capaz de cruzar fronteras sin perder su identidad.
Su actividad no se limitó a los escenarios. Martha trabajó también en la música para teatro, ballet, cortometrajes y largometrajes, y compuso para el cine y la televisión cubanos. Entre sus trabajos figura una pieza para El siglo de las luces, de Humberto Solás. Además, desarrolló una importante labor pedagógica como profesora de violín y en cursos y clases magistrales sobre el instrumento y la música cubana.
A partir de 2004 amplió todavía más su actividad internacional. Participó en proyectos vinculados con músicos cubanos en Dinamarca y posteriormente estableció su residencia en Suiza, donde continuó actuando y enseñando. Allí siguió desarrollando proyectos musicales, dando clases de violín, piano y coro y trabajando también en propuestas relacionadas con el teatro musical.
Hay artistas cuya importancia se mide por el número de discos, por los grandes escenarios o por los premios. En Martha Duarte hay que medirla también por otra cosa: por su capacidad para demostrar que la música cubana no es una habitación cerrada, sino una casa con muchas puertas. Su violín podía conversar con Beethoven o Kreisler y, unos compases después, entrar en el son, el jazz o el chachachá. Podía ser clásico sin ser solemne y popular sin renunciar al rigor.
Por eso su desaparición duele especialmente. Se va una música que hizo de la curiosidad una forma de vida y de la mezcla una manera de crear. Una mujer que entendió que la tradición no consiste en repetir el pasado, sino en mantenerlo vivo, transformándolo.
Quienes tuvieron la suerte de escucharla recordarán, sobre todo, ese violín. El instrumento que fue su voz más profunda y que acompañó durante décadas una trayectoria marcada por la inteligencia, el talento y la libertad.
Ahora queda la música. Queda Mulata de Espalda. Queda Sarabanda. Quedan sus grabaciones, sus composiciones, sus alumnos y todos aquellos músicos con los que compartió camino. Y queda, para quienes la conocieron, algo todavía más difícil de explicar: el recuerdo de una mujer luminosa, ingeniosa y extraordinariamente talentosa.
El violín de Martha Duarte ya no sonará en un escenario. Pero mientras alguien vuelva a poner uno de sus discos, mientras alguien escuche aquel Preludio y fuga con tumbao, mientras un músico joven descubra que las fronteras entre lo clásico y lo popular pueden cruzarse, Martha seguirá tocando.
Y quizá esa sea la forma más hermosa de la eternidad para un músico: que su instrumento continúe sonando cuando él ya ha dejado de hacerlo.

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