
La aritmética del colapso: cuando un apagón de 1.810 MW se presenta como una buena noticia
Por: Ahriman Thoth
LA HABANA. Escuchar el parte diario de la Unión Eléctrica (UNE) en los medios oficiales se ha convertido para muchos cubanos en un ejercicio de resignación. Este sábado, el ingeniero Lázaro Guerra Hernández volvió a comparecer ante las cámaras para informar que la afectación prevista para el horario pico alcanzará los 1.810 megavatios (MW), una cifra que, según el discurso oficial, representa una mejoría respecto a jornadas anteriores.
La lógica gubernamental resulta difícil de comprender para quienes padecen la crisis. Después de semanas registrando déficits cercanos o superiores a los 2.000 MW, cualquier reducción es presentada como un avance. Sin embargo, para la población la diferencia es apenas perceptible. Un déficit de 1.810 MW sigue traduciéndose en extensos apagones, noches sofocantes, alimentos echados a perder, interrupciones del suministro de agua y una vida cotidiana marcada por la incertidumbre.
La UNE insiste en destacar que los niveles previstos son inferiores a los reportados días atrás. Pero cuando la referencia es un sistema eléctrico prácticamente colapsado, reducir ligeramente la magnitud del desastre no significa que la crisis haya dejado de ser crítica. Es, en el mejor de los casos, una caída un poco menos abrupta dentro de la misma emergencia.
La realidad detrás de la supuesta soberanía energética
Durante la comparecencia, los funcionarios subrayaron que el Sistema Eléctrico Nacional opera actualmente con crudo cubano, gas acompañante y fuentes renovables. El mensaje busca proyectar una imagen de autosuficiencia energética, pero la realidad técnica cuenta otra historia.
El petróleo extraído en Cuba es pesado y contiene elevados niveles de azufre, características que aceleran el desgaste de las envejecidas termoeléctricas del país. Durante años, los especialistas han advertido que este combustible incrementa las averías y dificulta la estabilidad del sistema. Por ello, la dependencia del crudo nacional no responde necesariamente a una estrategia de soberanía, sino a las limitaciones financieras para adquirir combustibles más adecuados en el mercado internacional.
La información más reveladora del reporte fue otra. Según reconoció la propia UNE, más de 1.300 MW de capacidad de generación permanecen fuera de servicio por falta de combustible. Es decir, existen instalaciones capaces de producir electricidad, incluyendo las centrales flotantes conocidas popularmente como patanas y buena parte de la generación distribuida, pero no cuentan con el combustible necesario para operar.
La consecuencia es evidente: el problema no radica únicamente en la infraestructura envejecida, sino también en la incapacidad para garantizar el abastecimiento energético que permita utilizar la capacidad instalada disponible.
Dependencia exterior y crisis permanente
Las autoridades volvieron a señalar las sanciones estadounidenses como uno de los factores que dificultan la adquisición de combustible. Sin embargo, el propio discurso oficial dejó al descubierto otra realidad. Al recordar la llegada de una donación rusa de 100.000 toneladas de petróleo, el ingeniero Guerra reconoció que aquella ayuda permitió una mejora significativa de la situación energética.
La afirmación evidencia una contradicción difícil de ignorar. Mientras se insiste en la narrativa de la autosuficiencia, la estabilidad del sistema continúa dependiendo de la llegada de suministros externos, donaciones o acuerdos excepcionales que alivien temporalmente una crisis estructural.
Un país que vive pendiente de la luz
Los reportes diarios de la UNE pretenden ofrecer información a la ciudadanía sobre el comportamiento del sistema eléctrico. Sin embargo, para millones de cubanos las cifras ya forman parte de una rutina agotadora que rara vez cambia el resultado final.
Hoy el déficit previsto para el mediodía será de 1.450 MW y en la noche ascenderá a 1.810 MW. Mañana los números probablemente serán distintos, pero las consecuencias seguirán siendo las mismas. Nuevas averías, mantenimientos prolongados, escasez de combustible y promesas de recuperación que se repiten desde hace años.
Mientras las autoridades presentan comparaciones estadísticas para demostrar que la situación es menos grave que días atrás, la población continúa enfrentando largas horas sin electricidad. Lo que alguna vez fue una contingencia se ha convertido en una condición permanente. En buena parte del país, el apagón ya no es una excepción: es la normalidad.






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