Cuba necesita tutela, no nacionalismo

Por Sayde Chaling-Chong García

El cubano -como tantos hispanoamericanos que se autodenominan “latinoamericanos”, cuando de latinos tienen poco o nada– arrastra una visión profundamente distorsionada de sí mismo. Y en el centro de esa deformación suele encontrarse el nacionalismo: una exaltación vacía que nos ha llevado de abismo en abismo.

¿Qué es el nacionalismo?

A menudo se expresa en frases que todos hemos oído alguna vez: el cubano es el mejor amante del mundo, el mejor bailador del mundo, uno de los seres más inteligentes del mundo, la quinta mejor policía del mundo, las prostitutas más formadas del mundo. Es decir, una constante afirmación de superioridad simbólica que pretende compensar una realidad material de ruina, y frustración.

Muchos cubanos, cuando salen al exterior, echan de menos una supuesta grandeza nacional que en realidad nunca tuvieron. Idealizan incluso aquello que era miserable. Se añora el arroz de Cuba, aunque fuese arroz importado por el PCC desde China, de calidad ínfima, que había que limpiar antes de cocinarlo porque apenas era apto para el consumo humano. Eso es el nacionalismo: la incapacidad de aceptar lo que uno ha sido y la necesidad de inventarse una grandeza inexistente.

A esa deformación hay que añadirle la ideología comunista inoculada durante décadas. Por eso, incluso cubanos que han vivido en sociedades capitalistas, incluso en Estados Unidos, siguen mostrando un extraño recelo ante la idea de que, tras la caída de la tiranía, sea precisamente Estados Unidos quien asuma durante algunos años la tutela del proceso de reconstrucción nacional.

No sé exactamente qué ocurrirá cuando los Castro y Díaz-Canel desaparezcan de escena. Pero mi escenario deseable es claro: una tutela norteamericana temporal, semejante a la ejercida en Alemania entre 1945 y 1949, o a la administración estadounidense en Cuba entre 1898 y 1902. Un país devastado institucional, económica y moralmente no se recompone solo por voluntad retórica, ni por los delirios de grandeza de sus opinadores.

¿Quién se opondría a una tutela norteamericana?

Principalmente, el nacionalista de manual: ese que desconfía de Estados Unidos por reflejo ideológico, aunque no tenga patria real que defender ni Estado funcional que preservar. Ese que cree que, desde la comodidad de la libertad ajena, va a poder ordenar un país que sale de la Edad de Piedra. Ese que ignora que, tras la caída del régimen, aflorarán resentimientos, revanchas, ambiciones y luchas de poder.

Se comportan como el campesino que dice que desconfía del de ciudad. No sabe muy bien por qué, pero un día le dijeron que los de ciudad eran mala gente y que no confiara. ¿Acaso Estados Unidos podría quedarse con nuestros recursos naturales? Ahora mismo esos recursos están en manos del Partido Comunista. Cualquier monopolio comercial sobre elementos de la isla -como tierras para construir hoteles, fábricas, siembra o ganadería intensiva- va a influir directamente en el cubano de a pie, porque habrá una legislación que hará que tanto en impuestos como en salarios y otras cuestiones se favorezca al nuevo Estado y al ciudadano. Exactamente, ¿a qué le tienen miedo?

No existe hoy, dentro de la oposición cubana, una figura con la autoridad, carisma, el arraigo y la capacidad práctica suficientes para emprender una empresa de semejante magnitud. Por muy politólogos que sean, por muy licenciados en Económicas que sean, por muchas conferencias, congresos o seminarios que hayan dado, una cosa es la teoría aprendida en un aula universitaria y otra muy distinta lidiar con una población devastada moralmente, y psicológicamente, con una sociedad que ha perdido valores elementales y que vive amarrada al eufemismo para no reconocer ni siquiera sus propias miserias. Una sociedad que llama «resolver» al robo, que maquilla la prostitución con rodeos verbales y la denomina «luchar», y en la que, además, muchos de los que estamos fuera somos ya auténticos desconocidos para los que siguen dentro.

5.230.000.000 de dólarescinco mil doscientos treinta millones-. Y eso sin contar reclamaciones históricas, deudas opacas ni compromisos no reconocidos. Esa es la deuda soberana de Cuba. La reconstrucción nacional no arrancará sobre terreno limpio, sino sobre una losa financiera colosal que alguien tendrá que ordenar, renegociar y asumir. Si Estados Unidos no actúa como avalista, ¿qué pretenden algunos? ¿Rematar Cuba al mejor postor? ¿Entregar tierras, recursos, infraestructuras y soberanía económica a quien venga con dinero fresco, dejando otra vez al cubano de a pie abandonado en la estacada? Porque eso es exactamente lo que ocurrirá si no existe un marco serio de tutela y reconstrucción.

Y no se trata de afirmar que no existan perfiles técnicos dentro de la oposición cubana. Los hay. Existen politólogos, economistas, juristas y otros profesionales con formación académica. El problema es que, en su mayoría, ese conocimiento es teórico y no equivale a la capacidad práctica necesaria para gobernar un país en ruinas, moral, institucional y socialmente devastado. No es lo mismo analizar un Estado desde un aula universitaria, un congreso o una conferencia que asumir el mando de una nación salida de la demolición totalitaria. A ello se suma una degradación política evidente: hablamos de una oposición hipersubvencionada, en la que algunos han trabajado durante años al servicio de agendas contrarias a la libertad, porque abrazar la ideología de género o el globalismo no es defender la libertad, sino erosionarla. Una oposición en la que ciertos actores no han tenido reparo en recibir dinero incluso de los mismos comunistas europeos, contribuyendo así al ciclo de deformación política que La Habana lleva décadas impulsando. Y una oposición que, en demasiados casos, ha estado más preocupada por cumplir a rajatabla con determinados topes presupuestarios para poder estirar la mano al año siguiente que por prepararse seriamente para la gestión de un Estado arrasado. ¿Qué capacidad real de reconstrucción puede tener alguien que ni siquiera ha dudado en abrazar postulados contrarios a la libertad en sus propias tierras de acogida?

Por eso será indispensable un actor externo que ponga orden, garantice estabilidad, forme cuadros, reconstruya instituciones y contribuya a la redignificación de los cubanos. Y hoy, nos guste o no, ese actor solo puede ser Estados Unidos.

Por eso también resulta tan importante lo que está haciendo Mike Hammer: acercarse a realidades concretas de la vida cubana, asistir a espacios religiosos, verse con líderes protestantes y católicos, escuchar, tomar el pulso del país real y comprender que Cuba no podrá reconstruirse únicamente con tecnócratas, consignas o mesas redondas. Cuba necesita volver a asentarse sobre uno de los cimientos fundamentales de su existencia histórica: los valores judeocristianos, cuya transmisión por el mundo tuvo en España a uno de sus grandes vehículos.

A los que ya están exigiendo condiciones y términos de unas capitulaciones en las que no están incluidos, a esos que meten ruido por simple y legítimo interés político, hay que decirles con claridad: cállense y dejen de avivar a las masas en nombre de un nacionalismo cubano que ya nos condujo a una dictadura. Si el presidente de los Estados Unidos y el secretario de Estado no los han incluido, por algo será.

Tráguense su nacionalismo ridículo, sus pataletas y sus shows, tratando de aparentar algo que no son. No tienen patria con la que negociar, y no van a convertirse en siervos de nadie por aceptar que Cuba necesita ser reconstruida con ayuda de quienes sí tienen experiencia real sobre el terreno, una experiencia que ustedes no tienen. Pónganse a disposición de nuestros aliados y dejen ya la estupidez de repetir que el destino de los cubanos lo decidirán ustedes, apelando a las emociones más primarias de gente que tuvo que salir huyendo con lo puesto. Pretender que Estados Unidos, después de poner la carne, el carbón, la cerveza y los refrescos, deba sentarse como un simple invitado en la mesa cuando es quien paga la cuenta, no es dignidad: es insensatez, y la prueba viviente de que su nacionalismo isleño les hace creerse más listos y más capaces que nuestros aliados.

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