Negociar con la dictadura cubana no traerá estabilidad: solo el fin del régimen puede cambiar la relación con Estados Unidos

Un reciente artículo publicado por USA Today ha generado debate al sugerir que la administración del presidente Donald Trump estaría explorando un posible acuerdo económico con el régimen que gobierna Cuba. La idea, según el reporte, incluiría flexibilizar restricciones y abrir espacios para intercambios económicos o de viajes.

Pero más allá del titular llamativo, la pregunta de fondo es inevitable: ¿tiene sentido un acuerdo con quienes han sido, durante más de seis décadas, enemigos estratégicos de Estados Unidos?

La respuesta, desde una perspectiva política y geopolítica, parece clara: no.

Un régimen históricamente hostil

El sistema que controla el poder en la isla no es simplemente un gobierno con el que Washington tenga diferencias. Se trata de una estructura política que, desde su origen bajo Fidel Castro y luego con Raúl Castro, se ha definido en oposición directa a Estados Unidos.

Durante décadas, ese aparato de poder ha mantenido alianzas con adversarios estratégicos de Washington, desde la antigua Unión Soviética hasta gobiernos actuales como los de Rusia, Irán o Venezuela. La política exterior del régimen cubano no ha cambiado en su esencia: Estados Unidos sigue siendo presentado como su enemigo principal.

Por eso, pensar que un acuerdo económico resolvería esa confrontación histórica ignora la naturaleza misma del sistema político que controla el país.

El problema no es económico, es político

Cada intento de acercamiento ha demostrado el mismo patrón. Ocurrió durante el deshielo impulsado por Barack Obama. Washington flexibilizó viajes, comercio y relaciones diplomáticas con la esperanza de fomentar cambios internos.

El resultado fue distinto.

El régimen mantuvo intacto su sistema represivo, no permitió reformas políticas reales y utilizó los recursos económicos para fortalecer su aparato de control. Las libertades civiles siguieron restringidas y los presos políticos continuaron llenando las cárceles.

En otras palabras, el problema de Cuba nunca ha sido la falta de acuerdos económicos con Estados Unidos. El problema es el sistema político que controla el poder.

Una estructura mafiosa de poder

Quienes gobiernan hoy el país no representan un proyecto reformista ni un liderazgo dispuesto a abrir el sistema. Se trata de una élite política, militar y económica que controla el Estado como si fuera una estructura cerrada de poder.

En esa lógica, cualquier acuerdo internacional termina sirviendo para sostener el mismo modelo que ha llevado al país a la crisis actual.

Por eso muchos analistas consideran que negociar con esa estructura equivale a legitimar el problema en lugar de resolverlo.

La promesa de libertad

Durante su campaña y en diversas declaraciones, Donald Trump ha prometido apoyar la libertad de Cuba y respaldar al pueblo cubano frente a la dictadura. Ese mensaje ha sido especialmente importante para el exilio y para los cubanos que dentro de la isla exigen cambios políticos.

Un acuerdo que simplemente alivie presiones económicas sin transformar el sistema político sería visto por muchos como una contradicción con esa promesa.

La cuestión central no es si puede existir comercio o viajes entre ambos países. La cuestión es si ese acercamiento beneficia al pueblo cubano o fortalece a quienes lo gobiernan sin permitirle elegir su propio destino.

El verdadero cambio posible

La estabilidad real en la relación entre Estados Unidos y Cuba no llegará mediante acuerdos con quienes han mantenido el poder durante más de seis décadas.

Solo será posible cuando el país deje atrás el sistema que lo gobierna hoy y pueda iniciar una transición democrática.

Mientras ese círculo de poder continúe intacto, cualquier acuerdo será, en el mejor de los casos, temporal. En el peor, una manera de prolongar un conflicto que ya ha marcado generaciones enteras.

Porque la raíz del problema no está en la falta de negociaciones.

La raíz del problema está en el régimen que mantiene secuestrado el futuro de Cuba.

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