
Cuba al borde del colapso energético y diplomático mientras crece la presión de Washington
La crisis cubana ha entrado en una fase aún más delicada. Según un amplio reportaje publicado por The Guardian, diplomáticos de países tradicionalmente aliados de Estados Unidos en La Habana expresan una creciente frustración ante la estrategia de Washington hacia la isla, al tiempo que preparan planes para reducir o incluso cerrar sus misiones diplomáticas si la situación se deteriora aún más.
El país atraviesa su peor momento en décadas. Tras cuatro años de caída económica, una inflación descontrolada y la emigración de cerca del 20 % de la población, el régimen comunista de 67 años aparece más debilitado que nunca. A este escenario se suma una nueva ofensiva de la administración estadounidense, que busca asfixiar al Gobierno cubano cortando su acceso al petróleo, una medida que ya está teniendo efectos inmediatos y visibles en la vida cotidiana de los ciudadanos.
Diplomáticos consultados por The Guardian aseguran que el actual encargado de negocios de Estados Unidos en La Habana, Mike Hammer, no ha presentado un plan político claro más allá de llevar al país al límite mediante la escasez de combustible. “Se habla de derechos humanos y de que este es el año del cambio en Cuba, pero casi nada de qué pasará después”, comentó uno de ellos. La preocupación no es menor: varios representantes extranjeros temen que la estrategia consista en provocar un colapso social que fuerce a la población a salir a las calles y abra la puerta a una intervención política externa.
En paralelo, circulan rumores sobre posibles conversaciones de alto nivel en México entre representantes del régimen cubano y funcionarios estadounidenses, en las que estaría involucrado Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl Castro. Sin embargo, hasta ahora no hay señales concretas de avances. Otros observadores miran con cautela las recientes declaraciones del secretario de Estado Marco Rubio en Múnich, donde habló de una posible vía basada en dar más libertades económicas y políticas a los cubanos, aunque sin comprometerse explícitamente a abandonar la idea de un cambio de régimen.
Mientras tanto, los efectos de la falta de combustible ya están golpeando con fuerza. El Programa Mundial de Alimentos de la ONU ha advertido que la escasez está dificultando la distribución de ayuda humanitaria tras el paso del huracán Melissa, y su director en Cuba, Étienne Labande, confirmó que ya se nota una reducción en la disponibilidad de alimentos frescos en las ciudades. Diplomáticos temen que en cuestión de semanas la situación derive en un escenario de sufrimiento extremo, especialmente en los grandes núcleos urbanos.
La presión se intensificó tras una orden ejecutiva firmada por Donald Trump en enero, que impone aranceles a cualquier país que suministre petróleo a Cuba. La medida ha surtido efecto. Incluso México, que en el último año se había convertido en uno de los principales proveedores de crudo para la isla, ha suspendido los envíos, aunque su presidenta, Claudia Sheinbaum, advirtió sobre el riesgo de una catástrofe humanitaria y envió 800 toneladas de ayuda.
El impacto ya se siente también en el sector turístico, una de las pocas fuentes importantes de divisas del país. Todas las aerolíneas canadienses que volaban a Cuba han suspendido sus operaciones por falta de combustible de aviación, seguidas por dos compañías rusas. El Reino Unido, por su parte, ha actualizado sus recomendaciones de viaje para aconsejar únicamente desplazamientos esenciales a la isla.
En las calles, los cubanos empiezan a adaptarse como pueden. Universidades y centros educativos han sido cerrados temporalmente, el transporte público se ha reducido y muchas oficinas estatales han paralizado actividades. Estudiantes como Adrián Rodríguez Suárez, de 22 años, han sido enviados de regreso a sus provincias para continuar los estudios a distancia, en un contexto donde los apagones y la falta de recursos hacen casi imposible mantener una rutina académica normal.
Las redes sociales se han llenado de mensajes de preocupación y de intentos de ayuda mutua. Desde avisos para pacientes que necesitan transporte urgente hasta quejas por la cancelación de eventos familiares, como bodas, todo refleja un clima de incertidumbre. Al mismo tiempo, algunos buscan oportunidades en la crisis: en barrios de La Habana ya se venden hornillas artesanales para cocinar con leña o carbón, ante la imposibilidad de depender del gas o la electricidad.
En el ámbito diplomático, el nerviosismo es evidente. Varias embajadas estudian planes de evacuación o reducción de personal si el país entra en una fase de colapso más profundo. “¿Qué sentido tiene estar aquí si no podemos trabajar?”, se preguntó uno de los embajadores citados por el medio británico. Otro resumió el ambiente con una frase que retrata bien el momento: están “preparados, vigilantes y esperando que el sentido común gane algunas rondas más”.
Mientras tanto, en el centro de La Habana, lugares que antes bullían de turistas comienzan a vaciarse. La imagen de corresponsales de guerra esperando cubrir una posible caída del régimen cubano, sentados en bares casi vacíos, ilustra hasta qué punto la isla ha pasado de ser un destino turístico a convertirse, otra vez, en escenario de una crisis de alcance internacional.
La combinación de presión externa, colapso energético y desgaste interno coloca a Cuba en una encrucijada peligrosa. Lo que ocurra en las próximas semanas no solo marcará el futuro inmediato de millones de cubanos, sino también el rumbo de una crisis que ya desborda lo económico y se adentra de lleno en el terreno político y humanitario.







Deja un comentario