Del llanto aprendido al desencanto heredado: el testimonio de LaSai Dela Vida que retrata a una generación rota

Una publicación reciente de la usuaria conocida en Facebook como LaSai Dela Vida ha generado miles de reacciones y cientos de comentarios, no por una consigna política, sino por algo mucho más íntimo y revelador: el relato crudo de una vida atravesada por el adoctrinamiento, la escasez y la desilusión.

En su texto, LaSai recuerda cómo lloró la muerte de Hugo Chávez y la del “Comandante en Jefe”, convencida entonces de que la precariedad material era algo casi normal, incluso asumible, si a cambio se hablaba de dignidad y resistencia. Describe escenas que forman parte de la memoria cotidiana de millones de cubanos: poner calderos bajo las goteras del techo, conformarse con una merienda mínima, normalizar la carencia como si fuera una virtud.

Uno de los pasajes más duros es el recuerdo de su abuela, que renunciaba a comerse su propio pan para que su nieta pudiera llevar algo a la escuela. No era un gesto heroico, sino una renuncia silenciosa, repetida cada día, que solo con los años se entiende en toda su dimensión. La escasez no era un discurso: era una práctica diaria dentro de las casas.

LaSai también cuenta cómo marchó contra el embargo, cómo salió a la calle por el regreso de Elián González y por “los cinco héroes”, usando unos zapatos que a sus padres les costaron siete meses de salario. Ese detalle, aparentemente menor, resume una época: sacrificios reales para sostener rituales políticos que hoy muchos miran con distancia o con abierta incredulidad.

El quiebre llega cuando habla de su hijo. “Mi hijo no va a llorar por la muerte de ningún dirigente”, escribe. No por frialdad, sino porque pertenece a otra generación: una que ya no cree en esos relatos, que no tiene ni caña para merendar ni pan caliente, y que ve las marchas como una repetición vacía. Para muchos jóvenes, añade, irse del país ya no es un drama, sino una suerte.

En uno de los fragmentos más contundentes, LaSai afirma que en su país hay una familia que “le ha hecho mucho daño” y que no le duele pensar en un futuro sin ellos al frente, ni cerca, ni aplaudiendo. No habla desde el odio, sino desde el cansancio acumulado de años de promesas incumplidas, de vidas postergadas y de una normalización del sacrificio que ya no quiere heredarle a su hijo.

La publicación, que supera ampliamente las diez mil reacciones, funciona como algo más que un desahogo personal. Es el retrato de un tránsito generacional: del llanto aprendido por figuras y consignas, al desencanto consciente de quienes ya no quieren seguir llamando “resistencia” a lo que en realidad ha sido supervivencia.

En pocas líneas, LaSai Dela Vida pone palabras a una experiencia compartida por muchos cubanos dentro y fuera de la isla: la de haber creído, haber obedecido, haber marchado… y finalmente, haber entendido. Su testimonio no celebra ninguna muerte, pero sí deja claro algo más profundo: hay un país que ya no quiere seguir viviendo de duelo por promesas rotas, y que empieza a reclamar, sin consignas, el derecho a una vida normal.

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