
Si México quiere ayudar a Cuba, que ayude a liberarla
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, defendió los envíos de petróleo a la isla afirmando que “si México puede ayudar a crear mejores condiciones para Cuba, siempre estaremos ahí”. La frase suena noble, pero parte de una premisa equivocada: el problema de Cuba no es la falta de petróleo, sino la existencia de una dictadura que lleva 68 años reprimiendo, sometiendo y empobreciendo al país.
La escasez crónica de combustible, el colapso eléctrico, la crisis sanitaria y el éxodo masivo de millones de cubanos no son efectos de una falta de “ayuda latinoamericana”, sino de un sistema político que controla todos los recursos, impide la libre iniciativa, persigue a la disidencia y sofoca cualquier alternativa cívica. En ese contexto, enviar petróleo no “mejora condiciones”, solo prolonga la vida útil de la maquinaria represiva.
El error de confundir solidaridad con complicidad
México tiene derecho a decidir su política exterior, pero también tiene la responsabilidad de reconocer que un gobierno no es un país, y mucho menos su pueblo. Cuando Sheinbaum habla de “ayudar a Cuba”, en realidad está ayudando al régimen cubano, no a los cubanos.
El combustible que entra a la isla no alimenta ambulancias, ni hospitales, ni transporte público: alimenta patrullas policiales que reprimen protestas, caravanas oficiales que mueven altos cargos, y generadores que mantienen encendidas las instituciones del Partido Comunista mientras los barrios siguen a oscuras. Esas son las “mejores condiciones” que recibe La Habana cuando aliados políticos deciden sostenerla.
Si de verdad quieren ayudar, que se pongan del lado de la libertad
Si el objetivo de México es mejorar las condiciones de vida del pueblo cubano, existe un camino claro: apoyar la libertad, la democracia, la sociedad civil y el derecho de un pueblo a decidir su futuro. El verdadero gesto de solidaridad no es llenar tanques de petróleo, sino acompañar a los que llevan décadas jugándose la vida para que existan elecciones libres, división de poderes, prensa independiente y respeto a los derechos humanos.
Si la presidenta Sheinbaum quiere “estar ahí”, que lo haga donde más falta hace: junto a los presos políticos del 11J, junto a los periodistas hostigados, junto a las madres que buscan a sus hijos encarcelados, junto a las organizaciones del exilio que llevan años denunciando lo que otros prefieren ignorar. Ayudar no es mantener a una dictadura; ayudar es contribuir a que deje de existir.
La consecuencia real de estas alianzas
Cada barril enviado a Cuba prolonga un sistema que ha destruido una nación, vaciado el país de jóvenes, censurado la cultura y convertido el hambre en política de Estado. No es casual que mientras La Habana recibe petróleo subsidiado y créditos blandos, el pueblo siga sin libertad de movimiento, sin libertad de expresión, sin derecho a asociarse, sin alimentos y sin electricidad.
No se trata de una discusión ideológica, sino ética. Ningún país democrático debería sostener económicamente a un régimen que encarcela menores por protestar, que obliga al exilio para sobrevivir, y que posee un historial represivo ampliamente documentado por Amnistía Internacional, Human Rights Watch y la ONU.
La presidenta Sheinbaum dice que México estará “donde pueda crear mejores condiciones para Cuba”. Pues bien: la mejor condición que puede recibir Cuba es su libertad. Si México quiere ayudar al pueblo cubano, que deje de confundir solidaridad con complicidad, y que se sume a quienes defienden el derecho de los cubanos a vivir en una Cuba democrática, próspera y en paz.
No faltan petroleros. Falta libertad.
Esa, y no otra, es la ayuda que el pueblo cubano necesita desde hace 68 años.






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