
Irán en llamas: la represión más sangrienta desde 1979 y la sombra de ejecuciones aceleradas
Las calles de Irán arden en un conflicto social que ya se ha convertido en la crisis interna más grave desde la Revolución Islámica de 1979. Una oleada de protestas que estalló a finales de diciembre de 2025, inicialmente por motivos económicos, ha derivado en un desafío directo al régimen teocrático del líder supremo Alí Jameneí, marcando un punto de inflexión en la historia reciente del país.
De la crisis económica a la protesta política
Lo que comenzó como una reacción espontánea al deterioro de la economía —con inflación desbocada, precios de alimentos inalcanzables y la moneda nacional desplomada— se transformó rápidamente en un movimiento de carácter político. Manifestantes en numerosas ciudades, desde Teherán hasta Mashhad y Qom, han exigido no solo mejoras económicas, sino cambios estructurales en el gobierno, incluso con consignas contra Jameneí y llamados a restaurar la monarquía Pahlaví.
Los disturbios han tenido un alcance extraordinario: centenares de localidades han sido escenarios de manifestaciones y huelgas, y miles de ciudadanos han salido a las calles en lo que analistas describen como la protesta más amplia y sostenida en décadas.
Represión brutal y cifras escalofriantes
La respuesta del régimen ha sido dura y sistemática. Según funcionarios iraníes citados por Reuters, las cifras oficiales elevaron recientemente el número de muertos por encima de 2.000 personas, una cifra que coincide con estimaciones de organizaciones opositoras —aunque algunos grupos dentro y fuera de Irán señalan que el número real podría ser aún mayor debido a las restricciones informativas.
Las fuerzas de seguridad han recurrido a tácticas de represión severas: uso de fuerza letal, detenciones masivas —con más de 10.000 arrestos registrados hasta ahora— y el corte casi total de las comunicaciones digitales, incluido un apagón de internet a nivel nacional, que ha limitado considerablemente la cobertura independiente de los hechos.
Organizaciones de derechos humanos han reportado escenas estremecedoras: múltiples víctimas con lesiones graves, incluidos disparos a la vista y detenciones arbitrarias, situaciones que recuerdan a las protestas de 2022 tras la muerte de Mahsa Amini, pero con un alcance aún mayor.
Ejecuciones aceleradas y clima de terror
En un giro que ha alarmado a la comunidad internacional, las autoridades iraníes han anunciado la ejecución inminente de varios “cabecillas de la revuelta” tras procesos judiciales acelerados, sin las garantías habituales de un juicio justo. Entre los condenados figura un joven manifestante de 26 años cuya sentencia a muerte por ahorcamiento ha sido programada apenas días después de su detención.
Este tipo de medidas llevan el mensaje del régimen a un nuevo nivel: no solo busca sofocar las protestas, sino instalar el terror como herramienta de control social, una práctica que recuerda los métodos más duros de represión política en la región.
Reacciones internacionales y tensiones globales
La crisis iraní ha traspasado sus fronteras. Además de condenas de gobiernos europeos y de organizaciones de derechos humanos, la situación se ha visto influenciada por la presencia de actores globales.
Desde Estados Unidos, el presidente ha amagado con sanciones más estrictas y ha condicionado futuras negociaciones a un cese de la violencia contra los manifestantes. Esta postura incluye amenazas arancelarias y una firme advertencia de posibles consecuencias si la represión continúa.
Mientras tanto, el régimen acusa a potencias extranjeras, especialmente a Washington y a Tel Aviv, de instigar el desorden y de buscar la desestabilización de Irán. Este intercambio de acusaciones intensifica una atmósfera de confrontación que va más allá de las fronteras nacionales.
Una encrucijada para Irán
La protesta de 2025–2026 refleja un momento de quiebre para la República Islámica. Tras décadas de control monolítico y una estructura de poder centrada en el ayatolá Jameneí, Irán se enfrenta a una oleada de descontento popular sin precedentes, impulsada por una mezcla de frustración económica y aspiraciones profundas de cambio político.
Lo que ocurra en los próximos días, en las plazas de Teherán y más allá, podría definir no solo el futuro del régimen, sino también el rumbo geopolítico de todo Oriente Próximo.






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