Sandro Castro habla de democracia para Venezuela, pero guarda silencio sobre Cuba

El nieto del dictador Fidel Castro, Sandro Castro, reapareció este 3 de enero en Instagram con un mensaje dirigido a Venezuela que no ha pasado desapercibido. En un video publicado en su cuenta, donde se presenta como “el Vampirash” y asegura estar “ajustando su lente internacional”, Sandro afirmó sentirse unido al pueblo venezolano y expresó su deseo de que “su libertad y su democracia sea elegida por el pueblo”, apelando además al diálogo y a la ausencia de violencia.

En su intervención, Sandro Castro también se dirigió al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a quien pidió “con mucho respeto” que, si va a juzgar al expresidente venezolano Nicolás Maduro, lo haga mostrando pruebas “tangibles” de las acusaciones de narcotráfico, para evitar —según dijo— que se cometa una injusticia. Aseguró estar en contra del narcotráfico, pero a favor de la justicia, del derecho de los pueblos a exigir su libertad y de apoyar a sus presidentes. Cerró su mensaje con un llamado a la paz, al amor y al rechazo de la guerra.

Las palabras de Sandro Castro, sin embargo, abren una pregunta inevitable: ¿por qué ese fervor por la democracia y la libertad de los venezolanos no se extiende al pueblo cubano?

Resulta, como mínimo, contradictorio que un miembro directo de la familia que ha gobernado Cuba durante más de seis décadas hable de elecciones libres, derechos y democracia para otro país, mientras guarda silencio absoluto sobre la realidad que viven millones de cubanos. En Cuba no hay elecciones libres, no existe pluralidad política, no se respeta la libertad de expresión ni de asociación, y cientos de presos políticos continúan en las cárceles por manifestarse pacíficamente o pensar diferente.

Sandro Castro no es un ciudadano cualquiera. Es nieto de Fidel Castro, fundador de un sistema que ha negado a los cubanos exactamente aquello que él dice desear para Venezuela: que el pueblo elija libremente su destino. Su apellido no es un detalle menor, sino un símbolo de poder, privilegio y continuidad dentro de una élite que nunca ha tenido que enfrentarse a la represión, la escasez o el miedo cotidiano que sufre la población.

Mientras Sandro habla de “no cometer injusticias” y de exigir derechos, en Cuba continúan las detenciones arbitrarias, los actos de repudio, la persecución contra activistas y periodistas independientes, y la criminalización de la protesta. ¿Dónde está su mensaje para las madres de los presos del 11J? ¿Dónde su llamado a elecciones libres en la isla? ¿Dónde su rechazo público a la violencia estructural del Estado cubano contra su propio pueblo?

El discurso de Sandro Castro parece construido para mirar hacia afuera, nunca hacia adentro. Defender la democracia ajena, mientras se ignora la ausencia total de democracia en el país que lo vio nacer y del que su familia ha sido protagonista absoluta, no es una postura valiente ni coherente. Es, más bien, una muestra de cinismo político y desconexión con la realidad cubana.

Hablar de libertad solo es creíble cuando se defiende para todos, empezando por el propio pueblo. Mientras eso no ocurra, las palabras de Sandro Castro sobre democracia sonarán vacías, especialmente para los cubanos que llevan décadas esperando lo mismo que él hoy reclama, cómodamente, para otros.

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