
Entre la verdad y el sustento: la denuncia pública de Anna Sofía Benítez Silvente ante la presión del régimen
La creadora de contenido cubana Anna Sofía Benítez Silvente denunció públicamente haber sido objeto de presiones indirectas por parte de la Seguridad del Estado, una práctica habitual utilizada por el régimen para intimidar, condicionar y silenciar voces críticas dentro de la Isla.
En una publicación difundida en sus redes sociales, Benítez Silvente expone con claridad el dilema al que se enfrentan muchos cubanos que deciden hablar: decir la verdad o conservar el sustento económico. “En este sistema dictatorial la verdad y el dinero son agua y aceite”, afirma, describiendo una disyuntiva que no es abstracta, sino profundamente cotidiana para quienes dependen de su trabajo independiente para sobrevivir.
Según relata, la presión no fue explícita ni formal, pero sí lo suficientemente clara como para ser entendida. Una presencia constante, una advertencia implícita, “respirada en la nuca”, que la empuja a escoger entre callar para proteger su única fuente de ingresos o seguir denunciando, asumiendo el riesgo de convertirse en un objetivo directo del aparato represivo.
La publicación también apunta a otro fenómeno frecuente en el ecosistema digital cubano: quienes esperan el más mínimo error para justificar la criminalización. Benítez Silvente denuncia que algunos observan con expectativa cualquier desliz que permita al régimen activar el “peso de la ley”, una ley que en Cuba suele aplicarse de manera selectiva contra quienes disienten.
Lejos de retroceder, la creadora deja claro que ha tomado una decisión. A pesar del riesgo, afirma que no apagará su voz. “No me van a callar”, sentencia, cerrando su mensaje con una referencia de fe que refuerza su determinación personal en medio de un escenario hostil.
El testimonio de Anna Sofía Benítez Silvente no es un caso aislado. Refleja un patrón sistemático de control, coerción y chantaje económico ejercido por el régimen cubano contra periodistas independientes, activistas y creadores de contenido que, desde sus casas y con recursos mínimos, logran algo que el poder no tolera: conectar con la gente y generar apoyo popular sin intermediarios oficiales.
En Cuba, hablar tiene un costo. Y cada vez más ciudadanos lo están pagando, no porque cometan delitos, sino porque se niegan a renunciar a la verdad.







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