
El silencio como política: la denuncia del Padre Alberto Reyes ante un pueblo ignorado
La más reciente reflexión del sacerdote cubano Alberto Reyes, publicada en Facebook bajo el título He estado pensando… (140), vuelve a poner el foco en una de las prácticas más persistentes del poder en la Isla: ignorar como método de control. No se trata de una idea nueva, advierte el sacerdote, sino de un mecanismo tan antiguo como la propia estructura del sistema que gobierna el país desde hace más de seis décadas.
Reyes parte de una premisa clara: todo movimiento social desarrolla formas concretas de enfrentar las crisis. En el caso cubano, señala, han existido dos constantes desde los inicios del proceso revolucionario: la represión abierta y el silencio calculado. La primera se activa de manera inmediata cuando el poder se siente amenazado. La segunda, más sutil pero igualmente dañina, consiste en no responder, mirar hacia otro lado y negar la legitimidad del malestar social.
El sacerdote enumera realidades que forman parte del día a día de millones de cubanos: el aumento de enfermedades y muertes, la falta de medicamentos, ambulancias y personal médico, la crisis del sistema educativo, salarios incapaces de sostener la vida y un costo de subsistencia cada vez más inalcanzable. Ante ese panorama, explica, la ciudadanía busca respuestas. Pero lo que encuentra es un discurso repetido, desconectado de la realidad, que evade responsabilidades y desplaza culpas.
Según Reyes, cuando las autoridades se dirigen al pueblo lo hacen con frases gastadas que minimizan el sufrimiento y apelan a la resignación. Se culpa a factores externos, se invoca una promesa eterna de soluciones futuras y se exige resistencia como virtud moral, mientras se deslegitima cualquier reclamo calificándolo de flojera, impaciencia o falta de “cultura de aguante”.
Uno de los pasajes más contundentes de su reflexión se centra en las protestas populares recientes, que se han multiplicado en distintos puntos del país. Para el discurso oficial, denuncia el sacerdote, esas manifestaciones no existen como protesta social. Son redefinidas como expresiones aisladas, protagonizadas por “cuatro inconformes”, o incluso reinterpretadas como supuestas muestras de apoyo al propio sistema. Una narrativa que, lejos de explicar lo ocurrido, busca borrar el conflicto.
Reyes subraya también lo que deliberadamente se omite: no hay referencias al despliegue policial, ni reconocimiento del agotamiento de un pueblo que lleva más de 60 años esperando un “futuro mejor” que nunca llega. Tampoco hay asunción de responsabilidad por el deterioro progresivo del país ni por la herencia de precariedad que pasa de una generación a otra.
“La realidad no se decreta”, recuerda el sacerdote. Y esa realidad, insiste, habla con claridad: el pueblo cubano lleva años pidiendo cambios, reclamando libertad, expresando su inconformidad por todas las vías posibles. Ha dicho lo que quiere de manera reiterada y, aun así, continúa siendo sistemáticamente ignorado.
En el cierre de su reflexión, Alberto Reyes lanza una advertencia que va más allá del análisis coyuntural. Ignorar la voz del pueblo puede parecer, por un tiempo, una estrategia eficaz. Pero no es una política sostenible. El silencio impuesto no elimina el descontento; solo lo acumula.
La publicación del sacerdote no es un llamado a la confrontación, sino a la responsabilidad. Una voz desde la fe y la conciencia que recuerda que ningún poder puede construir estabilidad negando la realidad, y que ningún país puede avanzar cuando quienes lo gobiernan se niegan a escuchar a su gente.







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