El colapso psicológico de un preso político: por qué Yosvany Rosell está dispuesto a dejarse morir

La situación de Yosvany Rosell García Caso, preso político holguinero en huelga de hambre desde hace semanas, ha entrado en una fase psicológica crítica. Su familia lo describe con angustia: “Esto es grave, muy grave, se va a dejar morir”. Pero detrás de esas palabras hay algo más profundo que una simple negativa a comer: hay un colapso emocional provocado por años de injusticia, abuso institucional y encierro.

Para entender lo que vive Yosvany, no basta con mirar el deterioro físico. Su conducta responde a un fenómeno reconocido por la psicología en víctimas de persecución y prisión política: la combinación devastadora de desesperanza aprendida, trauma complejo y agotamiento emocional extremo.

Yosvany lleva casi cinco años encarcelado por ejercer derechos fundamentales. Ha sufrido golpizas, aislamiento, privaciones, castigos arbitrarios y negación de atención médica. En ese contexto, la mente humana entra en un estado donde la persona percibe que no tiene control sobre absolutamente nada: ni su vida, ni su futuro, ni su integridad. Es aquí donde surge la desesperanza aprendida, un proceso en el que el individuo deja de reaccionar incluso ante estímulos de protección, como el llamado de la familia.

La huelga de hambre, en estas circunstancias, no es un acto impulsivo. Es el último recurso de dignidad que le queda al preso político. Cuando el Estado le arrebata todo, el cuerpo se convierte en el único territorio donde aún puede ejercer autonomía. Pero esa decisión, que comienza como un acto de protesta, puede transformarse en un punto irreversible de rigidez emocional: el preso ya no logra detenerse, aunque su vida dependa de ello.

A esto se suma el trauma complejo generado por años de encierro inhumano. La psicología explica que, bajo tortura psicológica y física constante, la persona se desconecta emocionalmente, pierde sentido de futuro y deja de sentir la propia vida como algo valioso. No es que Yosvany quiera morir; es que ya no tiene fuerza para vivir bajo ese nivel de opresión.

Su familia lo confirma: incluso con ruegos, él no responde. Ni su tía, ni su hermana, ni su esposa, ni su padre lograron que se levantara de la huelga. Ese tipo de desconexión no es falta de amor; es una reacción típica en víctimas de trauma extremo, que entran en un estado de apagamiento interno donde la muerte se siente como la única salida al sufrimiento.

La responsabilidad de esta situación recae directamente en el régimen cubano. El Estado crea las condiciones que destruyen psicológicamente al preso político: aislamiento, hambre, amenazas, humillación, indefensión jurídica y un sistema penitenciario diseñado para quebrar al individuo. Cuando un hombre llega al punto de dejarse morir, es porque antes fue destruido lentamente por un aparato represivo que actúa con total impunidad.

La vida de Yosvany Rosell está en peligro inminente. Su deterioro no es solo físico: es el resultado de un proceso psicológico inducido por el Estado cubano. Y cuando una dictadura empuja a un prisionero político a ese límite, lo que ocurre no es un “suicidio”, sino una responsabilidad criminal del régimen.

La comunidad internacional no puede seguir observando en silencio cómo un preso político cubano se consume hasta la muerte ante los ojos de su familia. La vida de Yosvany Rosell está literalmente en cuenta regresiva, y cada día sin acción es una victoria para un régimen que se fortalece con la impunidad. Es responsabilidad de Naciones Unidas, de la Unión Europea, de los gobiernos democráticos y de todas las organizaciones de derechos humanos intervenir de forma urgente, exigir acceso médico independiente, presionar por su liberación inmediata y responsabilizar al Estado cubano por lo que le ocurra. Un preso político que se deja morir no es un acto voluntario: es la prueba más dolorosa de la tortura psicológica sistemática que se ejerce en Cuba. Hoy, el mundo tiene la obligación moral de actuar antes de que sea demasiado tarde.

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