
Cuba no cambiará sola: la solución está en nuestras manos
Durante años hemos visto las mismas escenas repetirse una y otra vez: apagones interminables, escasez de alimentos, hospitales colapsados, escuelas destruidas y salarios que no permiten ni sobrevivir. En el Oriente cubano —como acaba de volver a ocurrir— la población sale a las calles a reclamar lo que es suyo: un país donde vivir con dignidad.
Pero el régimen responde siempre igual: deteniendo a jóvenes, golpeando a madres, silenciando teléfonos y mandando más miedo que soluciones.
Y mientras tanto, nada cambia.
Hoy, Cuba está frente a una verdad que ya no se puede esconder:
Nada cambiará si seguimos esperando que otros lo arreglen.
La única solución real depende del pueblo cubano.
Ni el Gobierno, ni los militares, ni ningún país extranjero va a devolverle al cubano de a pie la vida que merece.
Solo la ciudadanía organizada puede hacerlo.
La raíz del problema está en la falta de poder del pueblo
Los cubanos viven hoy sin agua, sin comida, sin medicinas, sin transporte, sin corriente y sin derechos, por una razón básica: la gente está sola, desorganizada, dividida y sin herramientas colectivas.
Mientras el pueblo se mantiene aislado, el régimen tiene todo el control.
Por eso la salida no está en: esperar más apagones, hacer colas eternas, rogar favores a los delegados, ni caer en la resignación.
La salida está en unir fuerzas barrio por barrio, manzana por manzana.
La solución: organización ciudadana, no violencia y desobediencia
El cambio en Cuba no vendrá por un estallido sin dirección, ni por un golpe, ni por un milagro.
El cambio vendrá cuando el pueblo decida dejar de sostener aquello que lo oprime.
1. La fuerza está en el barrio
Los CDR, delegados y estructuras locales existen para vigilar y dividir.
Pero la población puede desactivarlos simplemente dejando de obedecerlos:
No asistir a reuniones. No firmar listas de apoyo. No participar en actos políticos. No denunciar a un vecino por presión.
La represión se alimenta de la colaboración de los de abajo.
Cuando esa colaboración se apaga, el sistema se desmorona.
2. El poder del apoyo mutuo
Un barrio que se organiza sin miedo es más fuerte que cualquier policía.
Cuando los cubanos crean redes propias para: compartir agua, turnarse en el cuidado de ancianos, gestionar transporte, distribuir alimentos entre vecinos,
están creando una autoridad alternativa, una comunidad que ya no depende del Estado para sobrevivir.
Esto no es ilegal ni violento: es liberador.
3. Miles de acciones pequeñas son más fuertes que una sola protesta
Las manifestaciones recientes en el Oriente muestran que el pueblo aún tiene coraje.
Pero protestar sin organización deja a muchos expuestos.
En cambio, acciones colectivas de bajo riesgo —pero hechas por miles— son imposibles de reprimir: cacerolazos desde casa, calles vacías por una hora, ropa o pulseras con símbolos de protesta, apagones ciudadanos voluntarios, reuniones vecinales sin agenda política.
Así se cambian los balances de poder sin confrontación directa.
La libertad llega cuando la gente se vuelve ingobernable
No hace falta violencia.
No hace falta pelear con armas.
No hace falta provocar una guerra que haga sufrir más al pueblo.
La salida está en que la dictadura se haga imposible de sostener.
Eso pasa cuando: el pueblo deja de obedecer, el barrio deja de colaborar, los represores pierden legitimidad, la comunidad internacional ve que Cuba exige un cambio real, y los cubanos entienden que no hay retorno a la resignación.
Los orientales dieron la señal: ahora le toca a toda Cuba
Lo que ocurrió en el Oriente no es un episodio aislado.
Es una señal clara: el pueblo está cansado, pero también está listo.
Quien hoy vive sin corriente, sin pan, sin transporte y sin libertad tiene que saber algo:
Tu vida no va a mejorar mientras esperes.
Va a mejorar cuando decidas ser parte de la solución.
No hay otro camino: ni promesas, ni consignas, ni reformas cosméticas.
Solo el pueblo unido, organizado y decidido puede abrir las puertas de un futuro distinto.
El régimen no va a cambiar por voluntad propia.
El pueblo sí puede cambiarlo con: organización, desobediencia, solidaridad, y resistencia no violenta.
Eso no es teoría: es el método que derribó a las dictaduras más duras del mundo.
Cuba puede ser libre.
Pero para lograrlo, tiene que creer que la solución está en sus manos, no en las manos de quienes la han destruido.







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