México se levanta: la Generación Z desafía el silencio del poder

El sábado 15 de noviembre de 2025 pasará a la historia contemporánea de México como el día en que miles de jóvenes —y no tan jóvenes— se lanzaron a las calles bajo una consigna contundente: “Ya basta”. Convocados por un movimiento que se autodenomina Generación Z México, ciudadanos de al menos 50 ciudades se manifestaron contra la violencia del narcotráfico, la corrupción política y la impunidad sistémica.

Lo que inició como una marcha pacífica en Ciudad de México terminó con fuertes enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas de seguridad, vallas derribadas frente al Palacio Nacional, gases lacrimógenos, decenas de heridos y decenas de detenidos. La movilización se replicó en ciudades como Guadalajara, Tijuana, Morelia, Oaxaca y otras localidades, convirtiéndose en una de las protestas juveniles más grandes de los últimos años en México.

Contexto y detonante

México vive una crisis persistente asociada al crimen organizado, altos índices de violencia y una percepción cada vez mayor de debilitamiento institucional. A esto se suma la frustración de millones de jóvenes que enfrentan un futuro incierto marcado por la inseguridad, la precariedad laboral y la falta de oportunidades reales de participación política.

El hecho que encendió la chispa ocurrió el 1 de noviembre de 2025: el asesinato del alcalde de Uruapan, Michoacán, Carlos Alberto Manzo Rodríguez, quien había denunciado la inacción del Estado frente a los cárteles locales. Su muerte fue interpretada como el símbolo más reciente del colapso de la autoridad frente al crimen organizado, generando indignación nacional.

¿Quiénes marchan y qué exigen?

El movimiento se define como ciudadano, apartidista, pacífico e independiente. Sus líderes —en su mayoría jóvenes nacidos entre finales de los años 90 y mediados de los 2000— difundieron un pliego de 12 demandas prioritarias, entre las que se incluyen:

Revocación de mandato para altos cargos. Auditorías ciudadanas permanentes. Reformas profundas al sistema judicial. Transparencia total en el uso de fondos públicos. Políticas efectivas de seguridad y empleo. Mayor participación política sin estructuras partidistas.

Un rasgo distintivo de esta movilización fue su estética: banderas del anime One Piece, pancartas con mensajes irónicos, vestimentas blancas y símbolos globalizados de resistencia. La protesta combinó cultura pop, identidad digital y mensaje político, marcando una ruptura con los métodos tradicionales de manifestación en México.

La jornada: de la calma a la tensión

La marcha inició en el Ángel de la Independencia y avanzó hacia el Zócalo capitalino. Durante varias horas predominó la calma, con familias y jóvenes marchando de forma pacífica. Sin embargo, al llegar a la zona cercada del Palacio Nacional se produjo el quiebre. Un reducido grupo encapuchado derribó vallas metálicas y lanzó objetos, lo que desencadenó el uso de gases lacrimógenos y fuerza antidisturbios.

El resultado fue un saldo preliminar de más de un centenar de heridos —entre civiles y policías— además de arrestos y altercados menores en otras ciudades del país. La situación encendió el debate público sobre la respuesta institucional y la legitimidad de la protesta.

Reacción del gobierno

La presidenta Claudia Sheinbaum ordenó reforzar el perímetro del Palacio Nacional y cuestionó públicamente la autenticidad del movimiento, sugiriendo la presencia de grupos oportunistas y actores políticos interesados en causar desestabilización. Funcionarios del Ejecutivo aseguraron que el despliegue policial tuvo como finalidad proteger tanto a los manifestantes como a la infraestructura estatal.

Desde las calles, la lectura fue diferente: muchos jóvenes calificaron la respuesta gubernamental como evasiva y desconectada, reclamando soluciones concretas y no discursos defensivos.

Implicaciones para México y la región

La protesta de la Generación Z podría marcar el inicio de una etapa política inédita en México, con un activismo juvenil más autónomo y menos dependiente de estructuras partidarias.

Para América Latina, y especialmente para Cuba, este fenómeno aporta tres lecciones:

La juventud se organiza cuando ya no cree en las instituciones. La comunicación política cambia: símbolos globales, redes sociales y narrativa emocional. Las demandas no solo deben ser morales, sino estructurales y verificables.

México enfrenta un desafío que va más allá de una protesta masiva: se trata de un cuestionamiento directo a los pilares de su gobernabilidad, seguridad y modelo político. La Generación Z mexicana ha demostrado que no está dispuesta a heredar el miedo como destino, ni el silencio como única defensa.

El desenlace dependerá de la capacidad del Estado para escuchar, responder y reformar; y de la capacidad del movimiento para mantenerse organizado, pacífico y coherente en el tiempo.

Lo seguro es que, tras el 15 de noviembre, México ya no es el mismo.

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