
El huracán Melissa golpeó Cuba… pero el abandono de la dictadura lo hizo primero
Por: Lázaro Mireles
Llamado urgente al exilio para que la ayuda llegue donde el régimen jamás permitirá: a las manos de los cubanos de a pie.
El huracán Melissa arrasó el Caribe con la furia de un monstruo de categoría 5. Barrió ciudades, arrancó techos, inundó hospitales y dejó tras de sí un silencio áspero: ese que solo queda cuando ya nada permanece en pie. En Haití y Jamaica se cuentan decenas de muertos y daños incalculables. Pero en el oriente de Cuba, además del desastre natural, los cubanos enfrentan otra tormenta más antigua y despiadada: la del abandono institucional de una dictadura que solo aparece para vigilar, nunca para socorrer.
Las imágenes que logran salir desde Santiago, Guantánamo, Holguín y Granma son devastadoras: casas convertidas en escombros, ancianos desamparados, familias durmiendo sobre tierra mojada. Sin embargo, quienes conocemos la historia de Cuba sabemos que lo más doloroso no es la destrucción.
Lo más doloroso es saber que el régimen volverá a pedir ayuda… y volverá a fallarle a su pueblo.
Como en cada tragedia, La Habana se apresura a publicar cuentas oficiales para recibir donaciones. Pero los cubanos —dentro y fuera— sabemos lo que eso significa: lo que entra por esas vías casi nunca llega a los necesitados. Lo vimos con los huracanes anteriores, con los incendios, con los derrumbes, con la pandemia.
El pueblo pierde casas.
El pueblo pierde vidas.
Y el Estado… no pierde absolutamente nada.
Quien ha visto contenedores de ayuda retenidos hasta pudrirse entiende este dolor.
Quien ha enviado medicinas y descubierto que nunca llegaron conoce esta rabia.
Por eso el exilio está indignado, no porque no quiera ayudar, sino porque ya aprendió —a golpes— que confiar en las estructuras del Estado es condenar a los más vulnerables.
Entonces, ¿qué hacer? ¿Cómo ayudar sin ser cómplices involuntarios del engaño oficial?
La respuesta está en la solidaridad directa, esa que el exilio cubano conoce tan bien: la que se da de persona a persona, sin intermediarios, sin propaganda, sin control estatal.
Existen organizaciones y líderes que, desde hace años, han demostrado compromiso real con el pueblo: UNPACU y sus activistas en el oriente, José Daniel Ferrer, periodistas como Yosmany Mayeta y otros cubanos valientes que llegan a los barrios donde el régimen nunca entra. Son ellos quienes documentan el sufrimiento, visibilizan las carencias y ayudan a los olvidados. Son ellos quienes conocen cada casa sin techo, cada madre sin comida, cada enfermo sin medicinas.
A ellos debemos apoyar si queremos que la ayuda llegue de verdad.
No al aparato que oprime, sino a la red humana que sostiene a los desfavorecidos.
La forma más efectiva de ayudar es simple: enviar dinero directo, sin cuentas oficiales, sin intermediarios, sin propaganda.
Enviar ropa no sirve si se queda retenida.
Enviar medicinas no sirve si terminan en manos de funcionarios.
Enviar comida no sirve si no llega a quienes tienen hambre.
Pero enviar recursos directamente a quienes muestran la realidad de sus carencias es distinto: es rápido, verificable y profundamente humano.
Y, sobre todo, devuelve algo que el régimen intenta arrancar de raíz: la autonomía del cubano para decidir qué necesita y cómo sobrevivir.
Este es el momento de la unidad. El exilio cubano carga con fracturas y diferencias, pero hoy eso debe quedar atrás. Miles de familias en el oriente de la isla lo han perdido todo. Ya no importa quién dirige qué ni quién tiene la razón. Solo importa actuar con claridad moral y sentido de urgencia.
Mi propuesta es concreta:
Crear un mecanismo común y transparente para recaudar fondos. Identificar, junto a activistas locales, las zonas más afectadas. Enviar la ayuda directamente a las manos correctas, sin pasar por el aparato represor. Publicar reportes verificables para que cada donante sepa dónde llegó su aporte.
No tenemos el poder de evitar los huracanes.
Pero sí tenemos el poder —y la responsabilidad— de evitar que el régimen use esta tragedia como otra oportunidad para controlar, mentir y manipular.
Porque donde el régimen abandona, el exilio debe abrazar.
El verdadero desafío empieza ahora, cuando la lluvia ya cesó, pero el miedo y la incertidumbre siguen. Las familias del oriente cubano no esperan milagros, solo esperan no quedar solas otra vez.
El exilio cubano ha demostrado, generación tras generación, que su fuerza nace del amor por los suyos, de su solidaridad en los peores momentos.
Hoy ese amor nos llama de nuevo.
Que Melissa no deje como único recuerdo ruinas y silencio.
Que deje también una lección:
cuando el oficialismo abandona, el exilio responde.







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