
Sandro Castro no entiende nada: Cuba no es una revolución, es un país que sufre
La reciente entrevista de Sandro Castro al periódico TN ha dejado al descubierto no solo su desconexión con la realidad cubana, sino también la arrogancia de quienes han heredado los privilegios de una dictadura que durante más de seis décadas ha destruido a una nación entera. Nieto del dictador Fidel Castro, Sandro pretende convencernos de que vive como cualquier otro cubano. Lo hace desde un bar propio, con cerveza de marca personalizada, aire acondicionado, acceso a redes sociales y fiestas nocturnas, mientras la mayoría del pueblo sobrevive entre apagones, escasez y miedo.
“No tengo privilegios”, declaró. Y sólo se puede sentir indignación cuando dice algo así.
Sandro Castro no ha hecho jamás una cola de horas bajo el sol para comprar pollo, no ha sentido la angustia de una madre sin medicinas para su hijo, ni ha conocido el silencio forzado de los presos políticos. Su vida de confort, aun en medio del desastre nacional, es resultado directo del sistema de poder que construyó su abuelo, ese mismo que condenó a millones de cubanos al exilio, a la pobreza, a la represión. Decir que no tiene privilegios no solo es falso: es un insulto a la dignidad del pueblo cubano.
“Mi abuelo estaría orgulloso de mí”, agregó. Probablemente sí. Porque Sandro representa la continuidad del modelo que Fidel impuso: una casta intocable que predica austeridad para el pueblo mientras disfruta del poder y sus beneficios. Pero que su abuelo estaría orgulloso de él no significa que Cuba también lo esté. La juventud cubana que se tiró a las calles el 11 de julio no lo hizo para defender ese legado, sino para repudiarlo.
Sandro se declara ajeno a la política. Pero su existencia pública está marcada por la política desde que nació. Puede decir lo que quiera sin consecuencias, mientras cientos de jóvenes están en prisión por manifestarse pacíficamente o subir un video crítico. En una nación donde la disidencia se paga con cárcel, su libertad mediática no es casual, es un privilegio político.
Más preocupante aún fue su declaración de que “Cuba es su Revolución”. No. Esa es precisamente la mentira que se ha repetido durante generaciones para justificar el control absoluto del poder. Cuba no es una ideología. No es una revolución. Cuba es un país. Es una nación compuesta por millones de personas con derecho a pensar diferente, a disentir, a elegir su destino.
Amar a Cuba no es repetir consignas heredadas ni banalizar el sufrimiento del pueblo desde una posición de impunidad. Amar a Cuba es quererla libre de la dictadura que fundó su abuelo. Es desear para ella un futuro sin represión, sin censura, sin presos políticos. Es luchar por una sociedad donde los hijos de los dirigentes no vivan como reyes mientras el resto del país muere de hambre o abandona la isla.
Sandro dice que solo quiere entretener. Pero no hay nada entretenido en ver a un descendiente de la cúpula revolucionaria ostentar riqueza en medio de una tragedia nacional. Su presencia en las redes no es influencia cultural, es la expresión obscena de una herencia construida sobre el sufrimiento ajeno.
Cuba no necesita influencers con apellidos pesados. Necesita justicia. Necesita verdad. Y, sobre todo, necesita libertad.
La historia no absolverá a quienes intenten maquillar el desastre con luces de discoteca ni con discursos vacíos. Cuba no olvida.







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