
El pueblo cubano no es culpable de su miseria: la arrogancia ministerial no sustituye al pan”
Las recientes declaraciones de la ministra de Trabajo y Seguridad Social de Cuba, Marta Elena Feito Cabrera, no solo evidencian una preocupante desconexión con la realidad del país, sino una alarmante falta de humanidad. En su intervención, ha criminalizado la pobreza, menospreciado a quienes luchan por sobrevivir en medio del caos económico provocado por el mismo Estado que ella representa, y responsabilizado al pueblo de la ruina que ha sembrado el Partido Comunista durante más de seis décadas.
Habla la ministra del “empirismo voluntarioso” y del supuesto patrón “asistencialista” como si en Cuba existiera un verdadero Estado de bienestar. ¿De qué dádivas habla cuando los salarios no alcanzan para comer una semana, cuando los servicios públicos colapsan, cuando las madres no pueden comprar leche, ni medicinas, ni zapatos para sus hijos? ¿Dónde están esas ayudas que el gobierno supuestamente reparte con generosidad? ¿En los mercados en MLC donde el pueblo no tiene acceso si no recibe remesas?
Asegura que “no puede ser que el Estado lo dé todo y el ciudadano no dé nada”. Ministra, el pueblo lo ha dado todo. Ha dado su fuerza de trabajo por salarios de miseria. Ha dado su juventud a un “servicio militar” obligatorio. Ha dado su salud en misiones internacionales mientras sus familias pasan hambre. Ha dado sus hijos, reprimidos o encarcelados por protestar. Ha dado su voz, acallada por la censura. Ha dado su libertad. ¿Qué más quiere que entregue?
Insulta la inteligencia y la dignidad de los cubanos al afirmar que en Cuba “no hay mendigos”, que los que limpian parabrisas o buscan comida en la basura no lo hacen por necesidad, sino porque quieren una “vida fácil”. ¿Acaso ha recorrido usted las calles de La Habana al amanecer, ha mirado a los ojos de los ancianos que duermen en portales o a los niños que piden pan en los semáforos? ¿Sabe lo que significa recoger sobras para dar de comer a los hijos mientras se come aire?
Califica de ilegales a quienes intentan sobrevivir al margen del sistema, el mismo sistema que les excluye. Habla de “coleros”, de quienes revenden productos, de quienes “recuperan materia prima”, como si fueran criminales y no víctimas de un sistema que ha generado escasez estructural, donde trabajar para el Estado es sinónimo de miseria y frustración. ¿Qué alternativas ofrece el gobierno? ¿Qué empleos decentes, qué salarios dignos?
La ministra desprecia el trabajo informal sin reconocer que es la única válvula de escape para millones de cubanos. Si el 19% ejerce de manera informal —como ella misma reconoce— es porque el Estado ha fracasado en crear una economía funcional. No hay incentivos, no hay inversión, no hay planificación real, solo prohibiciones, controles, y represión. Lo llaman ilegal, pero es supervivencia.
Indignante es, además, que se refiera a las madres adolescentes como si la raíz del problema fuera individual. ¿Y la falta de educación sexual, de políticas de prevención, de justicia ante los embarazos forzados con adultos? ¿Dónde están las leyes efectivas para proteger a las niñas? ¿Dónde están los fiscales, los jueces, los médicos, los asistentes sociales cuando una menor aparece embarazada de un hombre de 50 años?
Se llena la boca hablando de “resiliencia”, de “protagonismo individual”, de “transformación personal”, pero omite lo esencial: sin libertad, sin comida, sin salud, sin derechos, no hay superación posible. Y mucho menos cuando el propio aparato estatal te persigue si intentas buscar tu propio camino fuera de las estructuras controladas por el partido.
Es fácil desde un despacho climatizado, con almuerzos garantizados y privilegios que el cubano promedio no puede ni soñar, mirar al pueblo y exigirle más. Lo difícil es reconocer la culpa. Lo difícil es asumir que la pobreza en Cuba no es fruto de la falta de esfuerzo individual, sino del diseño de un sistema que ha destruido el trabajo honesto, aniquilado la iniciativa privada y desmoralizado al ciudadano.
Ministra, la dignidad no se mide por afiliarse a un sindicato ni por aceptar calladamente una libreta de racionamiento. La dignidad es resistir cuando todo está en contra. Y eso es lo que hacen cada día los cubanos que usted desprecia: resistir en un país que los expulsa, que los humilla, que los juzga por intentar sobrevivir.
Cuba no necesita más discursos paternalistas ni más políticas de “clasificación de ambulantes”. Cuba necesita justicia, oportunidades reales, salarios dignos, libertad de empresa, Estado de derecho, y respeto a sus ciudadanos. Hasta que eso no ocurra, culpar al pueblo de la miseria que padece es, además de cruel, profundamente inmoral.







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