
Ernesto Borges Pérez: liberado tras 28 años de castigo por intentar frenar la maquinaria del espionaje cubano
Esta mañana, tras 28 años de encierro y tortura sistemática, fue liberado el preso político cubano Ernesto Borges Pérez. Su delito: intentar evitar que el régimen cubano desplegara una red de espionaje en Estados Unidos y países de la OTAN.
Ex capitán de la Dirección de Contrainteligencia del Ministerio del Interior (MININT), Borges fue arrestado en 1998 luego de intentar entregar a diplomáticos estadounidenses una lista con 26 nombres de agentes que el gobierno cubano planeaba infiltrar en territorio extranjero. No lo logró. Fue interceptado antes de completar su denuncia. Aún así, el régimen lo castigó con una sentencia ejemplar: primero la pena de muerte, conmutada más tarde a 30 años de prisión.
Durante casi tres décadas, Borges fue enterrado vivo dentro del sistema penitenciario cubano. Pasó años confinado en celdas sin ventilación, oscuras y húmedas, sin atención médica adecuada. Le fueron negadas visitas, y en más de 20 años no se le permitió abrazar a su hija. Su salud se quebró: padece cataratas sin operar, una hernia inguinal sin tratar, y secuelas físicas y psicológicas de un castigo que no se diseñó para rehabilitar, sino para destruir.
Su liberación ocurre en un contexto de presión creciente por parte de organizaciones internacionales de derechos humanos, que temían que el régimen fabricara nuevas acusaciones para prolongar su encierro. Aunque ha sido puesto en libertad, Borges no es un hombre libre: sale de prisión con el cuerpo y el alma marcados por el aparato represivo que lo quiso silenciar.
La historia de Ernesto Borges no es una excepción en Cuba, sino un reflejo de cómo el Estado responde a quienes osan romper el silencio. Él intentó impedir una operación secreta de inteligencia y alertar al mundo sobre los métodos del régimen. A cambio, recibió tres décadas de castigo.
En una Cuba donde hablar es castigo y pensar es delito, la liberación de Borges es una victoria amarga. Él vuelve a respirar el aire de la calle, pero lo hace en un país donde la verdad sigue siendo una amenaza, y los valientes que la denuncian, enemigos del Estado.







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