La nueva carroza fúnebre eléctrica de Sagua la Grande, adquirida por la Dirección de Servicios Comunales, es un reflejo más de las duras condiciones que enfrenta la población cubana, marcada por una dictadura que ha llevado a extremos de necesidad a millones de personas. Mientras en muchos lugares del mundo el servicio funerario es un acto respetuoso y digno, en Cuba, las carencias y la falta de recursos básicos han generado un caos en todos los niveles, incluido este servicio esencial.



La adquisición de este triciclo eléctrico, que en otras circunstancias podría ser visto como un avance hacia la sostenibilidad, no es más que una solución improvisada ante la imposibilidad de acceder a recursos que deberían ser básicos. El estado de emergencia en que se encuentran los servicios públicos, como el transporte y la atención funeraria, ha obligado a los cubanos a recurrir a alternativas desesperadas. En muchas regiones del país, los ataúdes han sido transportados en coches de caballos, o incluso encima de los maleteros de “almendrones” —los viejos automóviles de los años 50 que aún circulan en Cuba, un símbolo de la decadencia de las infraestructuras cubanas.
Estos improvisados vehículos funerarios son una clara manifestación de la crisis que afecta al país, donde la falta de combustible, la escasez de materiales y la indiferencia del régimen ante las necesidades básicas de la población dejan a las familias sin opciones dignas en los momentos más difíciles. La situación de los servicios funerarios, como el resto de los servicios públicos en Cuba, es un retrato del abandono generalizado, donde la muerte, al igual que la vida cotidiana, se enfrenta a la precariedad absoluta.
El uso de esta carroza fúnebre eléctrica no es una decisión motivada por un deseo de innovación o modernización, sino una muestra más del deterioro de la calidad de vida en Cuba.







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